viernes, 22 de mayo de 2026

Sellado o Sellos (Parte 1 de 2)

¿Qué hay en tu futuro?

 Tim Moore


El Libro del Apocalipsis comienza con un gran aliento y una afirmación inquebrantable de Jesucristo como Señor de todo. Él es “el testigo fiel, el primogénito de los muertos y el soberano de los reyes de la tierra” que nos ama tanto que “nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre” (1:5). El libro se presenta como Su propia revelación, “que Dios le dio para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto” (1:1).

Se ofrece gracia y paz “de parte del que es y que era y que ha de venir” (1:4).

Juan registró fielmente la visión que tuvo en la Isla de Patmos, así como las siete cartas que Jesús dictó para su distribución a siete iglesias en Asia (actual Turquía) a finales del primer siglo. El capítulo 4 comienza con un “rapto simbólico”, cuando se le dice a Juan, “¡Sube acá!”.

La descripción que Juan hace de Jesús transmite la perspectiva de la profecía cumplida. Jesús es llamado “el León de la tribu de Judá”, “la raíz de David”, “un Cordero [que] estaba en pie, como inmolado, que tiene siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios” (5:5-6). La multitud reunida del Cielo prorrumpe con justicia en cánticos y adoración, celebrando al amado Hijo de Dios, verdaderamente Dios. Su coro debería llenar el corazón de todo seguidor de Cristo que anhela Su venida:

El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza. Al que está sentado en el trono y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos (5:12-13).

Si el libro de Apocalipsis terminara en el capítulo 5, tendríamos razones de sobra para alabar al Señor. Su aliento y exhortación a la Iglesia se transmitieron claramente en los capítulos 2 y 3, y Su dignidad para recibir alabanza eterna fue confirmada una vez más. Podríamos estar seguros de que Su plan para las edades se está desarrollando conforme a Su voluntad y servir sabiendo que, eventualmente, nos uniremos a la multitud reunida alrededor de Su trono en el Cielo.

Pero el encargo que Jesús le hizo a Juan en 1:19 fue escribir sobre las cosas que había visto (capítulo 1), las cosas que son (capítulos 2 y 3) y “las cosas que sucederán después de éstas”. Con este esquema revelado, lo que sigue a la escena del trono en los capítulos 4 y 5 está claramente destinado a ofrecer un vistazo al futuro no muy distante. Con eso en mente, si fue lo suficientemente importante para Cristo elegir revelar lo que está por venir en la historia humana, podemos comprender con razón que Él espera que prestemos atención a Sus palabras como lo haríamos con cualquier otra.

Para que no haya duda sobre su expectativa al respecto, se nos dice exactamente eso en los capítulos 1 y 22: “Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro” (22:7). La urgencia de prestar atención se deja clara desde el comienzo del libro: “porque el tiempo está cerca” (1:3).

Una Divergencia de Opciones

El libro de Apocalipsis está claramente dirigido a una audiencia específica: los siervos de Jesucristo (1:1). Los destinatarios iniciales eran los cristianos en las Siete Iglesias mencionadas en el texto: Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea (1:11). La especificidad de las cartas obviamente se refiere a atributos (tanto positivos como negativos) de esas iglesias en particular. Pero la afirmación y/o reprensión dada a cada una encuentra aplicación en los cuerpos locales de Cristo a lo largo de la Era de la Iglesia e incluso en periodos de tiempo dentro de la Era de la Iglesia.

Es difícil imaginar que los no creyentes encuentren una aplicación a su situación en los primeros cinco capítulos del Apocalipsis, más allá de un deseo general de estar entre aquellos de cada tribu, lengua, pueblo y nación que han sido comprados para Dios por la sangre de Cristo y se les ha dado la promesa de reinar junto a Él en la Tierra (5:9-10).

Pero, en el capítulo 6, la narrativa da un giro dramático. A medida que se rompe un sello tras otro, la acción en el Cielo desata una gran calamidad en la Tierra. Cristo ya no es el Siervo sufriente, manso y humilde de Isaías 53, sino el Digno que rompe los sellos que envían jinetes y catástrofes para infligir gran sufrimiento en la Tierra. Esta realidad por sí sola no coincide con los falsos profetas de la prosperidad que proclaman que Jesús nunca haría daño a una mosca. La imagen aquí es de Jesús ejerciendo la voluntad del Padre para derramar juicio sobre un mundo impenitente y que carece de santos de la Era de la Iglesia que han sido arrebatados en el Rapto. 

En una serie de terrores que atraviesan los Juicios de los Sellos, las Copas y las Trompetas, el marcado contraste presentado en Juan 3:36 es claramente evidente: aquellos que creen en el Hijo ya están gozando de la alegría de la vida eterna con el Salvador, mientras que aquellos que rechazan Su oferta de salvación experimentan la ira que permanece sobre ellos desde el día en que fueron concebidos.

Es ese contraste el que presenta las opciones de todo o nada, de blanco o negro, diametralmente opuestas, a las que toda persona se enfrenta durante esta vida. Realmente es lo suficientemente simple como para resumirse con la simpleza directa de un eslogan:

Esas dos afirmaciones pueden parecer trilladas, pero como diría mi amigo Paul Wilkinson, transmiten una hermosa simplicidad de opciones. Con eso en mente, echemos un vistazo más largo detrás de la Puerta #1 y la Puerta #2.

¿Qué es un Sello?

Juan 6:27 proporciona la primera referencia al sello de Dios. Jesús testifica que Sus discípulos no deben trabajar únicamente por el alimento que perece, “sino por el alimento que permanece para vida eterna, el cual el Hijo del Hombre les dará, porque a Él es a quien el Padre, Dios, ha marcado con Su sello”.

La palabra que se traduce como “sello” es la palabra griega sphragizō, que significa “estampar para seguridad, preservación o certificación”. Podemos visualizarlo como la impresión de un anillo de sello en cera caliente. En este contexto, Jesús estaba afirmando claramente la certificación del Padre acerca de Su autoridad para perdonar pecados y otorgar la vida eterna.

Este es el tipo de sello que Mateo 27:66 indica que se utilizó para sellar la tumba de Cristo: un sello de definitividad que nadie excepto la autoridad legítima se atrevería a romper. Pablo usa esta palabra de manera metafórica en Romanos 15:28, 2 Corintios 1:22 y Efesios 1:13 y 4:30. Luego, en 2 Timoteo 2:19, escribe: “el sólido fundamento de Dios permanece firme, teniendo este sello: El Señor conoce a los que son Suyos, y Que se aparte de la iniquidad todo aquel que menciona el nombre del Señor”. La palabra griega en este caso (sphragis) es un derivado que se refiere específicamente a la impresión estampada, ya sea literal o figurativamente.

La imagen del “libro” en Apocalipsis 5:1, es decir, “escrito por dentro y por detrás, sellado con siete sellos”, transmite exactamente esta imagen. Dado nuestro entendimiento de un “libro” como una publicación encuadernada, una traducción más adecuada sería un rollo, ya que Juan habría visto un instrumento escrito no muy distinto a un rollo de la Torá, pero sellado (como con cera) siete veces. Durante muchos años, la única forma de garantizar la seguridad inquebrantable de una comunicación privada era usar un sello de cera. Sin el sello o la estampilla original, cualquier ruptura del sello no podía ser falsificada. Y, si el firmante original era una persona de gran poder, habría sido impensable que una persona no autorizada rompiera el sello.

Claramente, este es el contexto de Apocalipsis 5 y 6. Nadie sino Jesucristo fue encontrado digno de romper los sellos del libro/rollo sostenido por Dios el Padre. Sólo Cristo había vencido para poder romper los sellos. ¿Vencer qué?, podría preguntar un escéptico. La muerte, por el poder de Su propia autoridad.

El hecho de que Jesús sea digno evoca la alabanza que ya he mencionado. Pero antes de que se rompan los sellos y se desaten las consecuencias, el coro celestial lo alaba por haber redimido a los hombres, quienes han sido hechos para ser un reino y sacerdotes para Dios (Ap. 5:10). Y esa comprensión nos lleva de nuevo a la opción de la Puerta #1 disponible para toda la humanidad: el sello de Dios.

Sellados para Toda la Eternidad

La idea de que Dios sella a Sus siervos surge directamente de Apocalipsis 7:2-3. El ángel que asciende desde el oriente—“que tenía el sello del Dios vivo”—clamó con gran voz, diciendo: No dañéis la tierra, ni el mar, ni los árboles, hasta que hayamos sellado en sus frentes a los siervos de Dios. El siguiente versículo describe el número de los que serán sellados: “144,000 sellados de todas las tribus de los israelitas” (7:4). 

Esto plantea una pregunta: ¿Sólo esos 144,000 son sellados por Dios, o se trata de un subconjunto especial de los siervos de Dios a lo largo de la historia humana que son sellados por Él y para Él? Una posible explicación se ofrece durante el toque de la quinta trompeta en Ap. 9. A las langostas demoníacas que emergen del abismo se les dan parámetros estrictos para su tormento y destrucción. Se les dice que no dañen la hierba ni cosa verde alguna ni árbol, “sino solo a los hombres que NO tienen el sello de Dios en la frente” (9:4).

Ésta es la primera indicación de que existen sellos o marcas contrapuestas: una que identifica a una persona como siervo del Dios Altísimo, y otra que marca a otros como leales a la Bestia. Dado que esa nefasta marca (infamemente conocida por su código numérico 666) se describe después del pasaje que revela el sello de Dios, es bastante posible que la marca bestial de Satanás sea una burda imitación del sello sagrado.

La descripción de Pablo a Timoteo captura la esencia del contraste—y la bendición de nuestra seguridad. Porque “el Señor conoce a los que son Suyos”, Él nos sella. El concepto bíblico de siervo también es instructivo. Contrario a cualquier connotación negativa que la palabra “sirviente” pueda tener en nuestra cultura, la Escritura enfatiza la humilde nobleza de tal rol. Abraham, Josué, David, Isaías y el Mesías eran todos referidos como siervos del Señor. Como se describe en Éxodo 21:5-6, un siervo dispuesto llevaría como evidencia permanente su relación con el amo: una oreja perforada.

Vengan a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar.  Tomen Mi yugo sobre ustedes y aprendan de Mí, que Yo soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas. Porque Mi yugo es fácil y Mi carga ligera.

Esta comprensión me lleva a entender que los 144,000 siervos consagrados de Ap. 7 son un grupo especial sellado de las tribus de Israel. Pero todos los que vienen a Jesús, toman Su yugo y encuentran descanso para su alma son sellados como siervos del Altísimo (Mt. 11:28-30). De manera similar, las ovejas de Jesús que escuchan Su voz y le siguen nunca perecerán, porque “nadie las arrebatará de [Su] mano” (Juan 10:27-30). Ya sea que Su sello sea visible a los ojos mortales durante la Tribulación, es reconocible incluso por seres demoníacos (Ap. 9:3-4) y eternamente indeleble. Quizás, como Woody y Buzz Lightyear de Toy Story—y los vencedores de la iglesia de Filadelfia—quienes pertenecen a Cristo tienen el nombre de nuestro Maestro grabado en nosotros para siempre.


Traducido por Donald Dolmus
Ministerio En Defensa de la Fe (endefensadelafe.org)

Recursos recomendados:

Estimado lector: Gracias a las ofrendas de amor de nuestros colaboradores, podemos poner gratuitamente a su disposición este material exclusivo de nuestro Ministerio. Si siente de parte del Señor apoyar la labor que su servidor está llevando a cabo, visite nuestra sección Donativos, para descubrir cómo podrá hacerlo.    



Haga clic sobre la imagen para ir al Índice de artículos

No hay comentarios:

Share/Bookmark