viernes, 3 de diciembre de 2021

Libro: Viviendo para Cristo en los Tiempos del Fin – Capítulo 11 (parte 1 de 2)

    Rendirse en Adoración

Por Dr. David R. Reagan

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Un niño estaba fascinado por la enorme bandera estadounidense que su pastor siempre tenía en exhibición en la pared detrás del púlpito. Un domingo por la mañana, el niño se acercó a su pastor y le preguntó: “Pastor, ¿por qué siempre tiene esa gran bandera estadounidense en la pared?”.

El pastor se inclinó, le dio unas palmaditas en la cabeza al niño y respondió: “Hijo, esa bandera es para honrar a los que han muerto en el servicio”.

A lo que el niño respondió: “¿Qué servicio? ¿El de la mañana o el de la tarde?

Muerte en la Adoración

¿Alguna vez ha experimentado eso? Los servicios de adoración  muertos ciertamente no son un problema nuevo en la Iglesia. Han sido un problema a lo largo de la historia de la Iglesia.

Lucas nos dice que la Iglesia del primer siglo sufrió este problema. En Hechos 20 él dice que cuando él y Pablo estaban en Troas, ¡experimentaron una baja en la adoración!

Pablo se puso prolijo y predicó hasta la medianoche, y un joven llamado Eutico, que estaba sentado en el alféizar de una ventana en el tercer piso, se durmió y cayó al suelo. Lucas dice que fue “levantado muerto”, pero Pablo lo resucitó (Hechos 20:7–12).

Vida en la Adoración

En contraste, la Biblia también registra algunas experiencias gloriosas de adoración. Una que me viene a la mente es la que experimentó Isaías cuando, siendo adolescente, fue al templo en Jerusalén para lamentar la pérdida del único rey que había conocido — el rey Uzías (Isaías 6:1–8).

Mientras Isaías lamentaba la pérdida de su rey, ¡de repente descubrió al Rey de reyes! Juan nos dice que Isaías recibió la bendición de ver a Jesús en una apariencia pre-encarnada (Juan 12:41).

Como dijo Isaías, “vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo” (Isaías 6:1). Seres angelicales llamados serafines volaban alrededor del trono del Señor clamando: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Isaías 6:3).

Isaías se dio cuenta instantáneamente de su pecaminosidad mientras estaba en la presencia de la santidad pura. Se cubrió el rostro con las manos y gritó: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Isaías 6:5). Pero, entonces, ocurrió algo transformador.

Uno de los serafines tomó un carbón encendido del altar del templo, tocó con él la boca de Isaías y proclamó: “He aquí. . .es quitada tu culpa, y limpio tu pecado” (Isaías 6:6–7). ¡Isaías experimentó la gracia de Dios!

Entonces el Señor preguntó: “¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?”.

En ese momento, Isaías se rindió al Señor. Extendiendo la mano a Dios, gritó: “Heme aquí, envíame a mí” (Isaías 6:8).

Creados para Adorar

Qué contraste tenemos en estos dos servicios de adoración. En uno estaba la muerte; en el otro, el renacimiento. ¿Qué caracteriza su experiencia de adoración habitual? ¿Cómo describiría lo que ha experimentado recientemente en la adoración? ¿Estimulante o adormecedor? ¿Emocionante o aburrido? ¿Íntimo o impersonal? ¿Participativo o pasivo? ¿Alegre o sombrío?

La adoración es un asunto serio, y la Iglesia debió tomarse en serio el tema desde hace mucho tiempo. Fuimos creados con el propósito de adorar. Para enfatizar este punto, Jesús dijo que Dios el Padre busca activamente adoradores que lo adoren “en espíritu y en verdad” (Juan 4:23–24). El rey David, que fue uno de los adoradores más apasionados que jamás haya existido, escribió en el Salmo 22 que Dios habita en las alabanzas de Su pueblo (Salmos 22:3).

La adoración es esencial para nuestro crecimiento espiritual. Nuestros espíritus fueron diseñados para alimentarse de ella, así como se alimentan de la Palabra. Ésta es una de las razones por las que el autor de Hebreos nos advirtió que nunca abandonemos la reunión de los santos (Hebreos 10:25).

A pesar de la importancia que las Escrituras le dan a la adoración, la mayoría de los servicios de adoración hoy en día parecen contribuir más a la apatía que cualquier otra cosa. En palabras de Pablo, tienen “apariencia de piedad” pero “han negado su poder” (2 Timoteo 3:5). Hay religión, pero no hay Espíritu, y en ausencia del Espíritu, hay muerte.

Dirigir Cantos vs. Dirigir Adoración

Cuando llevo a cabo una reunión en una iglesia, siempre le envío al pastor una carta en la que le explico que hay dos claves para una reunión exitosa. Una es la oración antes de que yo llegue; el otro es adorar mientras estoy allí. Para implementar esto último, siempre le digo al pastor que busque un líder de adoración en lugar de un líder de canto.

¡Lo triste es que el pastor a menudo me llama y me pregunta la diferencia entre un líder de canto y un líder de adoración! Hay una diferencia enorme. Un líder de canto guía a la gente en el canto, como el director de un coro. Un líder de adoración lleva a las personas a la presencia de Dios.

Un buen líder de adoración debe ante todo ser una persona llena del Espíritu. Debe ser humilde y debe tener pasión por Dios. Debe estar dispuesto a ser transparente ante la congregación, dejando de lado toda pretensión mientras se entrega en adoración al Señor.

Uno de los líderes de adoración más efectivos que encontré fue un hombre que guiaba a los adoradores en una canción y luego desaparecía en la congregación con su micrófono, siguiendo guiando el servicio, pero determinado a que la gente se enfocara en el Señor y no en él.

¡Podías escuchar su voz, pero no podías verlo! Me recordó al humilde hombre negro, William J. Seymour, quien dirigió el avivamiento de la Calle Azusa, que dio origen al Movimiento Pentecostal a principios del siglo XX. Oraba con una caja de zapatos en la cabeza y siempre predicaba desde detrás de una sábana que colgaba del techo, porque quería que la gente se concentrara en la Palabra de Dios y no en él.1

Problemas con la Adoración Hoy

¿Qué hay de malo en la adoración de la Iglesia hoy? ¿Por qué le falta energía con tanta frecuencia? ¿Por qué rara vez nos lleva a la presencia de Dios?

Bueno, por un lado, la tradición suele sofocarlo. Pocas cosas en la vida son tan poderosas como la tradición. Jesús fue crucificado por violar las tradiciones sagradas de los líderes religiosos de Su época. Se indignaron cuando los llamó hipócritas por descuidar los mandamientos de Dios para aferrarse a las tradiciones de los hombres (Marcos 7:6–8).

Todos tendemos a ser esclavos de la tradición en un grado u otro. Nos metemos en una rutina y nos sentimos cómodos en ella. La adoración se convierte en un hábito sin sentido de un ritual vacío que tiene un efecto adormecedor. Seguimos los movimientos, pero no hay sustancia. Terminamos adorando nuestras tradiciones en lugar de a Dios.

Las ocho palabras más mortíferas en la Iglesia son: “Nunca antes lo habíamos hecho de esa manera”. Vi una caricatura que me recordó estas palabras. Mostraba a un tipo subiendo los escalones de una horca. Tenía las manos atadas a la espalda. El verdugo esperaba arriba. El tipo se había detenido a mitad de camino y estaba mirando a la multitud de espectadores. Con incredulidad, dice: “¡Todo lo que hice fue sugerir un cambio en la adoración!”.

También recuerdo la historia del vendedor ambulante que se detuvo para asistir a una iglesia que nunca había visitado antes. A mitad del sermón, gritó: “¡Alabado sea el Señor!”. Unos momentos después, un acomodador le dio una palmada en el hombro y le susurró al oído: “No alabamos al Señor en esta iglesia”.

¿Tiene algunas tradiciones sagradas de adoración que no está dispuesto a renunciar? ¿El ritual significa más para usted que una relación? ¿Se han convertido tus tradiciones en ídolos que se interponen entre usted y Dios?

Endurecida por la Doctrina

Otro problema con la adoración hoy en día es que a menudo se ha endurecido por la doctrina. La iglesia en la que crecí ponía su énfasis en la adoración, en lo que se conoce como “el modelo del Nuevo Testamento”. Pero ese patrón era más imaginario que real.

El hecho es que no existe un ritual o patrón de adoración prescrito en el Nuevo Testamento. Es muy dudoso que la iglesia judía en Jerusalén adorara de la misma manera que la iglesia gentil en Antioquía. ¿Y qué hay del eunuco etíope que regresó a África con sólo las Escrituras hebreas? Me imagino que el culto que estableció en la primera iglesia africana se inspiró en gran medida en la adoración ritual del templo judío.

Lo más parecido a un patrón de adoración que existe en el Nuevo Testamento se encuentra en 1 Corintios 14:26. Sin embargo, es uno que la iglesia de mi niñez nunca habría considerado seguir, ya que menciona el hablar en lenguas: “Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación. Hágase todo para edificación” (1 Corintios 14:26).

Libertad en Cristo

El hecho del asunto es que tenemos la libertad en Cristo para adorar como el Espíritu Santo nos guíe (Romanos 14:1–15:7). Si algún grupo desea dar un significado espiritual especial al sábado en lugar del domingo, tiene derecho a hacerlo. Nadie tiene derecho a condenarlos, y no tienen derecho a condenar a quienes no honran el mismo día.

Lo mismo ocurre con el uso de instrumentos musicales. Crecí en una iglesia que condenaba el uso de instrumentos musicales en la adoración. Eso estaba mal. Teníamos la libertad en Cristo de cantar a capela, pero no teníamos la libertad de condenar a quienes usaban instrumentos musicales.

Lo mismo ocurre con muchos otros aspectos de la adoración, como la frecuencia de la comunión. Algunas iglesias celebran la Cena del Señor anualmente, otras la celebran trimestralmente, otras semanalmente y algunas diariamente. Jesús dijo: “Todas las veces que comiereis este pan y bebiereis esta copa”, debemos hacerlo en memoria de Él (1 Corintios 11:25–26). No prescribió con qué frecuencia. Su enfoque estaba en el significado, más que en la frecuencia.

Disputas Legalistas

Cuando el enfoque cambia del significado al método, nos convertimos en fariseos modernos. La iglesia en la que crecí es un buen ejemplo de esto. Dividíamos en todas las formas imaginables — y algunas inimaginables — acerca del método de la comunión. Teníamos hermanos de una taza que no se asociaban con los que usaban varias tazas. Teníamos los hermanos del vino antes que el pan, que se desvincularon de los que tomaban el pan primero. Hubo quienes insistieron en que el símbolo de la sangre del Señor tenía que ser el vino, mientras que la mayoría insistió en el jugo de uva. Algunos exigían que la comunión fuera antes del sermón, pero otros insistían en que fuera lo último en el servicio, para darle más importancia.

Al observar todas estas disputas legalistas, un amigo mío expresó la opinión de que estaba muy contento de que el lavado de pies nunca se hubiera convertido en una ordenanza en nuestra iglesia. “Piensa”, dijo, “si hubiéramos practicado el lavado de pies, ¡sin duda nos habríamos dividido sobre cosas tales como si los pies deberían secarse o no con una toalla o secarse con secador de pelo!”.

Suprimida por el Prejuicio y el Miedo

Otro obstáculo importante para la adoración en estos tiempos del fin es el prejuicio y el miedo. A menudo nos encontramos evitando prácticas de adoración bíblica perfectamente legítimas porque algún otro grupo las hace. En la iglesia de mi herencia, no podríamos tener vidrieras o coros porque “las denominaciones los tienen”. (Nos considerábamos “no confesionales”). No podíamos aceptar ofrendas de amor porque esa práctica se consideraba “bautista”. Se pensaba que arrodillarse era “episcopal”, y la banca del doliente era un tabú porque era “metodista”.

Todo eso suena francamente tonto. Pero no es más tonto que las denominaciones principales de hoy que se niegan a aplaudir porque es “pentecostal”, o que se abstienen de levantar la mano porque es “carismático”, o se resisten a danzar porque es “mesiánico”.

La iglesia en la que crecí nunca era expresiva en la adoración, a menos que un famoso evangelista negro viniera a la ciudad, que siempre traía su propio líder de canto. Entonces, aplaudíamos tentativamente mientras cantábamos, porque “la gente negra espera eso”.

Me alegro de que Dios tenga sentido del humor; de lo contrario, no sé cómo podría soportarnos cuando se trata de nuestros complejos prejuiciosos sobre la adoración. Necesitamos dejar a un lado el prejuicio y el miedo con respecto a los métodos de adoración y enfocarnos en cambio en el significado.

Eso es lo que hizo David cuando danzó ante el Arca de la Alianza, cuando era llevada a Jerusalén. Lanzó la tradición al viento mientras exhortaba a la gente a gritar, cantar, tocar trompetas y tocar címbalos mientras él giraba y saltaba ante el Arca en un frenesí de celebración. Su esposa se sintió avergonzada por este comportamiento y lo reprendió por ello. La respuesta de David, expresada en español moderno, fue: “¡Cariño, aún no has visto nada!”. (2 Samuel 6:12–23; 1 Crónicas 15:25–29).

Victimizada por el Tiempo

Nuestra adoración ha sido sofocada por la tradición, endurecida por la doctrina y reprimida por el prejuicio y el miedo. También ha sido victimizada por el tiempo.

Vivimos en un mundo acelerado de comida rápida y medicina rápida. También queremos una adoración rápida, ¡especialmente si la hora de inicio del partido de fútbol por televisión es a las doce del mediodía! En lo que respecta a la adoración, la actitud de muchos cristianos parece ser “cuanto menos, mejor”. Es tan asombroso cuando uno se detiene a pensar en ello. Parece que nos falta conciencia del tiempo sobre todas las demás actividades. Nos regocijamos cuando asistimos a un evento deportivo y se extiende a tiempo extra. Sentimos que obtenemos más por nuestro dinero. Pero no es así en la iglesia.

La mayoría de los cristianos parecen querer el tipo de iglesia que vi en una caricatura. Tenía un letrero en el frente que decía: “La Iglesia Ligera”. El letrero deletreaba el significado del nombre especificando que era la iglesia del “diezmo del 7.5%, el servicio de adoración de 45 minutos, el sermón de 12 minutos, los 8 mandamientos, las 3 leyes espirituales y el milenio de 800 años”.

¿Es un observador del reloj espiritual? Si es así, tengo una pregunta para usted. Si se siente desdichado una hora a la semana en la presencia del Señor, ¿por qué cree que disfrutará estando en Su presencia por la eternidad? Sospecho que aquellos de ustedes que son conscientes del tiempo, nunca tendrán que preocuparse por ese problema. La razón, por supuesto, es que, si se siente incómodo una hora a la semana en la presencia del Señor, es porque no tiene una relación personal con Él — lo que significa, a su vez, que no ha nacido de nuevo, ya que la esencia de la salvación es conocer al Señor. Esa no es mi opinión. Es la Biblia. Jesús dijo: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).

Distorsionada por la Actitud

Otro problema con la adoración contemporánea es que ha sido distorsionada por la actitud — por la actitud que le damos. Muchos creen que la esencia del culto es una cara larga, revestida de dignidad, piedad y liturgia.

El resultado es que nuestros servicios de adoración a menudo se parecen más a un funeral que a cualquier otra cosa, y eso es una tragedia, porque comunica una mentira. No adoramos a un Señor que está colgado en una cruz. Ni está acostado en un sepulcro en Israel. ¡Nuestro Señor está vivo! Está sentado a la diestra de Su Padre Celestial. Necesitamos celebrar Su victoria sobre la muerte.

Sí, hay un tiempo en la adoración para pasar de la celebración a la adoración, del regocijo al amor, de la acción de gracias a la entrega, de la exclamación a la introspección y del aplauso al llanto. Pero la adoración debe comenzar con la celebración — la celebración de quién es Dios y lo que ha hecho por nosotros. El salmista expresó esto en el Salmo 105:1–2 (RVA-2015) donde nos exhortó: “¡Den gracias al SEÑOR! . . .Cántenle. . . Hablen de todas sus maravillas [lo que ha hecho]. Gloríense en su santo nombre [quién es Él]”.

No somos los “Elegidos Congelados”. Estamos llamados a ser un “Remanente Gozoso” (Isaías 35:10):

Y los redimidos de Jehová volverán, y vendrán a Sion con alegría; y gozo perpetuo será sobre sus cabezas; y tendrán gozo y alegría, y huirán la tristeza y el gemido.

Una Experiencia de Adoración Negativa

En todos mis años de viajar entre una gran variedad de iglesias, he experimentado algunos servicios de adoración gloriosos, pero también he tenido que pasar por algunos que fueron horrendos. Recuerdo una iglesia en Kentucky donde el líder de canto (¡que era cualquier cosa menos un líder de adoración!) se levantó un domingo por la mañana y literalmente gruñó a la congregación. Supuse que debió haber tenido una pelea con su esposa camino a la iglesia. Ladrando órdenes como un sargento de instrucción de la infantería de marina, espetó: “¡Vayan todos al número 254! ¡Eso es 2-5-4!”. Luego, para mi total asombro, gruñó: “El nombre de esta canción es ‘Levántate, Levántate, por Jesús’, pero no quiero molestar a ninguno de ustedes, así que la vamos a cantar sentados”. Fue todo menos un momento inspirador.

Cuando me levanté para predicar, fue como picar hielo. Decidí que tenía que tomar medidas drásticas. Entonces, cuando regresé a mi motel, me arrodillé y oré: “Señor, haz algo con el líder de la canción irritable. Líbranos de él”.

Esa noche, cuando regresé para el servicio vespertino, los ancianos de la iglesia estaban acurrucados en el vestíbulo para tener una reunión. Pregunté qué estaba mal. Explicaron que el líder de la canción había sido llamado por su jefe y le dijo que debía ir a Tennessee de inmediato para ocuparse de algunos asuntos. ¡Mi oración lo envió fuera del estado! Me resultó difícil ocultar mi alegría. Luego convencí a los ancianos de que me dejaran hablar por teléfono y encontrar un verdadero líder de adoración.

Pervertida por Conceptos

A veces nuestra adoración está pervertida por conceptos. Muchos cristianos consideran que la adoración es un deporte para espectadores, por lo que vienen como audiencia esperando ser entretenidos. Su actitud es: “Pago mi dinero y espero que los profesionales cumplan”.

Pero la verdadera adoración requiere participación. Para adorar, uno debe involucrarse. Si alguien es la audiencia, es Dios, pero en la adoración verdadera, ni siquiera Dios es una audiencia. Él se involucra. Él se entroniza en nuestras alabanzas (Salmos 22:3). Ministra a nuestro espíritu. Nos anima y nos da poder. Incluso he estado en servicios de adoración donde la gente fue sanada por el Señor sin que nadie los tocara ni orara por ellos.

Dios no se sienta al margen en Su trono analizando nuestra adoración y luego calificándola sosteniendo una tarjeta con un número — como un juez en una competencia de patinaje sobre hielo. Es un Dios personal que desea intimidad con nosotros. Él es receptivo. ¿No se sentiría extraño si le dijera a la persona que ama cuánto la amas y continúa haciéndolo durante una hora — sólo para que esa persona se quede sentada con la cara de piedra sin dar ninguna respuesta? Creo que se desconectaría muy rápido. Eso es lo que sucede cuando las personas se acercan a Dios en una adoración rígida y estilística que se basa en una concepción de que Dios es distante, intransigente e indiferente.

Hay otro concepto que a menudo llevamos a la adoración que tiene un efecto de estancamiento. Es el concepto egocéntrico de que le estamos dando a Dios la oportunidad de ministrarnos. Este concepto da como resultado que el adorador venga egoístamente a recibir en lugar de dar.

La paradoja de la adoración es que Dios puede ministrarnos sólo en la medida en que estemos dispuestos y podamos perdernos en alabanza y adoración de Él. Debemos humillarnos y acercarnos al Padre como niños, clamando “¡Abba! ¡Padre!” (Romanos 8:15).

Traducido por Donald Dolmus
Ministerio En Defensa de la Fe (endefensadelafe.org)

jueves, 2 de diciembre de 2021

Libro: Viviendo para Cristo en los Tiempos del Fin – Capítulo 10 (pdf)

 Persistir en la Oración

Por Dr. David R. Reagan

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««Necesitamos despertar al hecho de que el poder de Dios no es limitado. Necesitamos creer en el hecho de que Dios todavía está intensamente interesado en cada pequeño detalle de Su creación. Además, debemos entender que Dios todavía tiene el control de la historia. En resumen, Dios todavía está en el trono, todavía escucha las oraciones y todavía realiza milagros»».

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miércoles, 1 de diciembre de 2021

Libro: Viviendo para Cristo en los Tiempos del Fin – Capítulo 10 (parte 2 de 2)

Persistir en la Oración

Por Dr. David R. Reagan

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La Audacia de David en la Oración

De la misma manera, cuando el rey David fue visitado por el profeta Natán y se le informó que su hijo concebido con Betsabé moriría debido a su pecado contra Dios, las Escrituras nos dicen que David se arrodilló inmediatamente en oración. Tan grande fue su remordimiento que se postró en el suelo, ayunó, lloró y clamó al Señor que perdonara a su hijo (2 Samuel 12:1–16).

Cuando David fue informado de que su hijo había muerto, tal como Natán había profetizado, sus siervos le preguntaron por qué había orado a Dios para que perdonara a su hijo cuando un profeta de Dios le había dicho claramente que el niño moriría. La notable respuesta de David fue: “Viviendo aún el niño, yo ayunaba y lloraba, diciendo: ¿Quién sabe si Dios tendrá compasión de mí, y vivirá el niño?” (2 Samuel 12:21–22).

El rey David creía en la oración. Él no tenía todos los complejos teológicos que tenemos hoy sobre la presciencia de Dios, o la voluntad ordenada de Dios, o la inmutabilidad de Dios. Lo que sí tenía era una hermosa relación personal con Dios a través de la comunión en la oración.

La Oración en la Historia Cristiana

Ahora, para que no llegue a la conclusión de que la confianza en la oración es algo confinado a los reyes y profetas del Antiguo Testamento, o a la vida de Jesús, o incluso a los tiempos del Nuevo Testamento, permítanme apresurarme a señalar que los testimonios del poder de la oración resuenan a lo largo de toda la historia del cristianismo — desde el cristiano que lucha en una banca de la iglesia, hasta el mártir triunfante ardiendo en la hoguera.

El más grande de los Padres de la Iglesia, Agustín, es un buen ejemplo. Este hombre, que vivió unos 350 años después de Jesús, era, según él mismo admitió, un pecador de enorme magnitud.6 Era un mujeriego que viajaba de pueblo en pueblo participando en todas las formas de depravación sexual. Finalmente decidió dejar su hogar en el norte de África para ir a Roma, el centro del libertinaje.

La clave de su vida fue su madre, Santa Mónica, que era una devota cristiana. Ella había orado durante años por su salvación. Cuando se enteró de sus planes de partir hacia Roma, comenzó a orar fervientemente durante todo el día, pidiendo a Dios que le impidiera ir. Él fue de todos modos y ella continuó orando.

Sus oraciones fueron respondidas cuando Agustín se reunió con el obispo Ambrosio en Milán y fue llevado a una fe profunda y duradera en Jesús. Agustín escribió más tarde sobre las oraciones de su madre con estas palabras: “Lo que ella pidió, que me quedara en el norte de África, fue negado. Lo que ella esperaba, mi conversión, fue concedido”.7 Agustín describió entonces la naturaleza de la oración en una parábola. Escribió:8

Un hombre en un bote que lanza una cuerda a una roca; no es con la idea de tirar de la roca al bote, sino con la idea de tirar del bote a la roca. Cristo es la roca y tiramos la cuerda en oración.

La Oración de un Gran Científico

Recuerdo que cuando era niño leía la inspiradora autobiografía de George Washington Carver, el eminente científico negro.9 Carver era un cristiano dedicado que tenía una vida de oración activa. Esto es lo que tenía que decir sobre la relación de la oración con su investigación:10

Entré en mi laboratorio y oré: “Gran Creador, háblame del universo”.

El Señor respondió: “Quieres saber demasiado”.

Le pregunté: “Gran Creador, háblame del mundo”.

Él respondió: “George, elige algo de tu tamaño”.

El Señor respondió: “Ahora, George, tienes algo de tu tamaño. ¡Te contaré sobre eso!”.

Dios procedió a revelarle a George Washington Carver más información sobre el maní de la que cualquier persona había descubierto.

La Vida de Oración de George Mueller

El mayor ejemplo del poder de la oración en los tiempos modernos que conozco se encuentra en la vida de George Mueller.11 Este hombre extraordinario vivió 93 años, de 1805 a 1898. Durante 60 años de ese tiempo, dirigió un orfanato en Bristol, Inglaterra, atendiendo a un total de 10,000 huérfanos.

Cuando Mueller estableció su orfanato, decidió que lo dirigiría completamente por fe y oración. Ni una sola vez durante los siguientes 60 años le pidió nada a nadie, excepto a Dios. No hizo publicidad. No envió solicitudespara recaudar fondos. Simplemente confió en la gracia y la misericordia de Dios.

Dios bendijo su fe y respondió fielmente a sus oraciones. Mueller recibió un total de $7.2 millones de dólares (en un momento en que el dólar valía cien veces su valor actual). Construyó cinco grandes edificios capaces de albergar a 2,000 huérfanos.

Sorprendentemente, sus huérfanos nunca se perdieron una comida, aunque estuvieron a punto de hacerlo algunas veces. En una ocasión, al principio de la historia del orfanato, todos los niños se reunieron para desayunar, y mientras cientos de niños hambrientos se sentaban expectantes, Mueller anunció que no había comida. Luego pidió a los niños que se unieran a él en oración. Él oró: “Padre, te damos gracias por la comida que nos vas a dar”. (¿Le suena familiar esa oración? Debería hacerlo. Es el tipo de oración confiada que hizo Jesús).

Se sentaron y esperaron. A los pocos minutos llamaron a la puerta. Era un panadero: “Me desperté temprano esta mañana con la idea de hornear un poco de pan para ustedes”.

Unos minutos más tarde hubo otro golpe. Era un lechero que anunciaba que su carro de reparto se había averiado frente al orfanato. Explicó que necesitaba deshacerse de su leche antes de que se echara a perder.

Cuando Mueller oraba, siempre se convencía primero de que lo que estaba orando era la voluntad de Dios. Luego, descansando en las promesas de la Biblia, se presentaría confiadamente ante el trono de Dios en oración como Abraham, defendiendo su caso argumentativamente, dando razones por las cuales Dios debería responderle.

Una vez que estaba convencido de que algo estaba bien, seguiría orando por ello hasta que llegara la respuesta.

Mantuvo un registro completo de sus oraciones. Abarca 3,000 páginas y contiene casi un millón de palabras. Relata más de 50,000 respuestas específicas a las oraciones.

También registra oraciones que parecían no tener respuesta, lo que nos lleva a uno de los mayores problemas de las oraciones. ¿Por qué a menudo parece que las oraciones no reciben respuesta? Es una pregunta con la que todos los cristianos luchan de vez en cuando, a menudo desafiando su fe en Dios.

El Misterio de la Oración sin Respuesta

El rey David disfrutó de muchas respuestas notables a sus oraciones. Pero, de vez en cuando, Dios le parecía distante. El Salmo 6 lo presenta clamando a un Dios distante, suplicando curación. “Me he consumido a fuerza de gemir; todas las noches inundo de llanto mi lecho, riego mi cama con mis lágrimas. Mis ojos están gastados de sufrir; se han envejecido a causa de todos mis angustiadores” (Salmos 6:6–7).12 En otra ocasión se lamentó: “¿Por qué estás lejos, oh Señor, y te escondes en el tiempo de la tribulación?” (Salmos 10:1). Se pueden encontrar palabras similares en el Salmo 13:1: “¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?”.

¿Ha estado alguna vez en esa posición? ¿Alguna vez sintió que no había nadie al otro lado de la línea cuando estaba orando? Si ora con regularidad, habrá experimentado el silencio de Dios. Era una experiencia común en los tiempos bíblicos, y creo que es aún más común hoy por varias razones.

Viviendo Velozmente

Una razón se relaciona con la naturaleza del mundo en el que vivimos. Nuestra sensibilidad espiritual ha sido embotada por la tecnología moderna. Debido al rápido ritmo de vida en la sociedad industrializada moderna, a menudo es difícil escuchar a Dios cuando responde. ¿Cómo podemos escucharlo cuando vivimos en el carril rápido, corriendo locamente de una cita a otra? ¿Cómo podemos escuchar a Dios cuando una radio, televisión o reproductor de CD suena constantemente? ¿Cómo podemos escuchar cuando siempre estamos agotados por el estrés? ¿Cómo podemos escuchar cuando simplemente nos negamos a tomarnos el tiempo para escuchar? El punto es que Dios puede estar respondiendo, pero no podemos escuchar.

Hemos desarrollado una mentalidad de comida rápida sobre todo en la vida. Queremos transporte rápido, comunicación rápida, medicina rápida, educación rápida — y sí, queremos religión rápida. No tenemos la paciencia para esperar en Dios. Queremos presionarlo en nuestro propio horario.

Lidiando con la Teología

La teología moderna es otro problema. Nos ha insensibilizado a la voz de Dios al decirnos que Dios ya no habla a la gente como lo hizo en los tiempos bíblicos. Se refleja en el sentimiento de malestar que experimentamos cuando una persona nos dice que Dios le ha “hablado”. El mundo considera a esas personas como “fanáticos religiosos”, por lo que los creyentes tienden a evitar escuchar la voz de Dios, ya sea audible o expresada en sueños, visiones y otras formas de revelación, incluso una palabra especial de las Escrituras.

En el extremo opuesto del espectro teológico están aquellos que creen que el Dios de la Biblia todavía opera hoy, pero sienten que pueden manipularlo para que haga lo que quieran, a través de la recitación de frases mágicas de oración. Actúan como si tuvieran a Dios en una cuerda, ordenándole que sane o proporcione las finanzas. En el proceso, hacen promesas a su pueblo que Dios nunca hizo — promesas como, “Siempre es la voluntad de Dios sanar”. Entonces, cuando Dios falla en honrar esas “promesas”, la gente se ve afectada espiritualmente cuando se les dice que tienen la culpa. Se les culpa por su falta de fe, o se les dice que tienen pecado en sus vidas.

¿Cuál es la verdadera razón por la que las oraciones a veces quedan sin respuesta? La Biblia enseña que hay varias razones. Ciertamente, la incredulidad y el pecado son dos de las razones, pero no siempre son la razón.

Las Barreras del Pecado y la Incredulidad

La importancia de orar con fe se enfatiza en toda la Biblia. Jesús dijo: “Todo lo que pidan en oración, lo recibirán, si tienen fe” (Mateo 21:22).13 Jacobo enseñó que cuando oramos debemos pedir “con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento”. Agrega: “Ese hombre no debe esperar recibir nada del Señor” (Jacobo 1:6–7). Él llama a esa persona “de doble ánimo” (Jacobo 1:8).

El pecado también se describe en toda la Biblia como un obstáculo importante para la oración. Una declaración poderosa sobre este punto se puede encontrar en Isaías 59:

1) He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; 

2) pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír.

David enfatizó este punto en el Salmo 66:18: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado”. El escritor de Proverbios lo expresó de otra manera: “Jehová está lejos de los impíos; pero él oye la oración de los justos” (Proverbios 15:29). En el Nuevo Testamento, un ciego sanado por Jesús resumió este principio de manera sucinta cuando dijo a los fariseos: “Y sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ese oye” (Juan 9:31).

Las Barreras de la Arrogancia y el Egoísmo

La arrogancia y el egoísmo también son grandes barreras para la oración eficaz. La humildad al acercarse a Dios es una necesidad absoluta. En el Antiguo Testamento se le dijo al pueblo de Dios que “se humillara y orara” (2 Crónicas 7:14). En el Nuevo Testamento se nos dice: “Humillaos. . .bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo; echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5:6–7).

Jesús ilustró la importancia de la humildad en la oración de una manera vívida en su parábola del fariseo y el recaudador de impuestos (Lucas 18:9–14). El fariseo hizo una oración en la que se felicitó por su justicia. En contraste, el recaudador de impuestos oró: “Dios, se propicio a mí, pecador”. Jesús dijo que el fariseo estaba orando para sí mismo mientras que el recaudador de impuestos “descendió a su casa justificado”. Jesús resumió el punto de su parábola con estas palabras: “cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Lucas 18:14).

Jacobo pronuncia condena a las oraciones egoístas de “dame”, en Jacobo 4:3: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites”. Esa afirmación siempre me recuerda al tipo que necesitaba un automóvil para ir al trabajo. Oró: “Señor, sabes que necesito un coche. Sabes que es esencial para mi sustento. Entonces, Señor, por favor dame un Corvette rojo nuevo”. Dios promete suplir nuestras necesidades, no nuestros deseos.

La Barrera de la Voluntad de Dios

La barrera más difícil de entender y aceptar para la oración es la voluntad de Dios. Dios es soberano. No puede ser manipulado ni engañado. Su sabiduría está muy por encima de la nuestra, y sus caminos no son los nuestros (Romanos 11:33).

No siempre sabemos qué es lo mejor para nosotros. De hecho, si se supiera la verdad, probablemente rara vez sepamos qué es lo mejor para nosotros. Debemos tener en cuenta que el propósito de Dios es moldearnos a la imagen de Jesús (2 Corintios 3:18). Para hacer eso, Dios en ocasiones debe permitir que la adversidad entre en nuestras vidas, primero para llamar nuestra atención y luego para desarrollar cualidades como la perseverancia, la paciencia y la compasión. ¿Cómo, por ejemplo, podría tener verdadera compasión por una persona enferma si nunca ha estado enfermo?

La eficacia de toda oración está condicionada por la voluntad de Dios. El apóstol Juan escribió: “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye” (1 Juan 5:14). No nos gusta esta condición, porque la mayoría de nosotros realmente no queremos la voluntad de Dios; queremos la nuestro.

A menudo me encuentro con este problema cuando me contactan mujeres con úteros estériles que quieren que ore para que puedan concebir un hijo. A veces me dejarán claro que están decididas a tener un hijo, aunque tengan que recurrir a la inseminación artificial. Cuando esto sucede, les señalo que están tratando de jugar a ser Dios y que mis oraciones por ellas no servirán de nada a menos que estén dispuestos a decir: “Señor, hágase tu voluntad”. Ese consejo generalmente las enoja, porque no están dispuestas a someterse a la voluntad de Dios.

Conocer la Voluntad de Dios

El otro tipo de persona problemática con la que me encuentro a menudo es la que piensa que conoce la voluntad de Dios, cuando en realidad no es así. Recuerdo bien la primera vez que me encontré con una de estas personas. Estaba en una clase de escuela dominical y estábamos en un círculo de oración, orando por peticiones específicas de oración. Cuando llegó mi turno, comencé a orar por una persona gravemente enferma. Le pedí al Señor que sanara a la persona y luego agregué: “si es Tu voluntad”.

Una mujer en el círculo explotó por esas palabras. Ella interrumpió groseramente mi oración burlándose, “¿Si es la voluntad de Dios? ¿Qué quieres decir? Por supuesto que es la voluntad de Dios. ¡No estás orando con fe!”.

Bueno, el hecho es que nadie en ese círculo de oración sabía con certeza cuál era la voluntad de Dios para esa persona críticamente enferma. Puede haber sido su voluntad llamar a esa persona a casa para estar con Él.

A veces confío en la voluntad de Dios. Me encanta orar por las personas perdidas porque sé con certeza que es la voluntad de Dios que sean salvas (2 Pedro 3:9). Me encanta orar por los descarriados, porque sé que es la voluntad de Dios que se arrepientan y sigan adelante con su santificación (Romanos 6:19–23). Me encanta orar por los matrimonios con problemas, porque sé que es la voluntad de Dios sanarlos, ya que Él odia el divorcio (Malaquías 2:16).

Pero a menudo, simplemente no conozco la voluntad de Dios, por lo que oro para que se haga Su voluntad, sabiendo que Él está ansioso por hacer que todas las cosas obren para bien para aquellos que lo aman (Romanos 8:28).

La Voluntad Permisiva de Dios

Exigir su propia voluntad en oración puede meterlo en un gran problema, porque Dios puede decidir en Su voluntad permisiva dejar que se salga con la tuya. Verá, Dios tiene una voluntad perfecta y una voluntad permisiva. Por ejemplo, es Su perfecta voluntad que todas las personas se salven. Pero, en Su voluntad permisiva, permite que los rebeldes que no se arrepientan se pierdan.

Como vimos anteriormente, Ezequías no estaba dispuesto a aceptar la perfecta voluntad de Dios de que él muriera. Se quejó, lloró y suplicó por una vida más larga. Dios le concedió su deseo, dándole 15 años más. Pero miren lo que pasó durante esos años. Él engendró a Manasés, quien se convirtió en el rey más malvado en la historia de Judá (2 Reyes 21:1–2), y, en un momento de orgullo, mostró las riquezas del Templo a los representantes del rey de Babilonia, abriendo su apetito por conquistar Jerusalén (Isaías 39:1–6).

Discernir la Voluntad de Dios

¿Cómo podemos conocer la voluntad de Dios? Una forma de buscar la voluntad de Dios es escudriñar Su Palabra, orando para que Él le dé perspicacia y discernimiento. La Palabra es “viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos…y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12).

Otra forma es llegar a conocer a Dios. Cuanto mejor lo conozca, más fácil le resultará discernir Su voluntad. Y la única manera de llegar a conocerlo es pasar tiempo con Él en Su Palabra y en oración. Es como conocer a alguien. Tiene que pasar tiempo con ellos. Al hacerlo, llegará a conocer sus gustos y disgustos.

Dios escucha la oración y responde a la oración. Cuando parece que no responde, cuando parece estar en silencio, debemos revisar los obstáculos a la oración para ver si existe alguno en nuestras vidas. Si no lo hacen, entonces debemos ejercer fe en que Dios ha escuchado y responderá en Su propio tiempo y en Su propia manera.

Varias Respuestas a la Oración 

La respuesta puede ser “Sí”, como suele ocurrir. Pero la respuesta puede ser “No”, como lo fue cuando Pablo oró por la liberación de su “aguijón en la carne” (2 Corintios 12:7). Dios se negó a eliminar el problema, pero le concedió a Pablo la gracia de afrontarlo (2 Corintios 12:9). La respuesta también puede ser “¡Espera!”. En ese caso, el Señor puede estar llamándonos a la paciencia y la perseverancia, e incluso al sufrimiento. O puede que tenga en mente algo mejor para nosotros de lo que creemos que es mejor.

La respuesta podría ser incluso una que no comprendamos, o una que aparentemente parezca desagradable o tonta. Este tipo de respuesta a menudo requiere la mayor fe, como cuando Dios le dijo a Abraham que levantara estacas y se fuera al desierto a un destino desconocido para que él, que era demasiado viejo para tener hijos, pudiera convertirse en el padre de una gran nación. O considere la locura de Dios, cuando le dijo a Moisés en el Mar Rojo, que levantara su vara cuando no había forma de escapar del ejército egipcio. O piense en Josué, a quien se le dijo que conquistara Jericó marchando y tocando cuernos.

¿Su Voluntad o la de Dios?

La conclusión es si siempre quiere lo que pide o si quiere que se haga la voluntad de Dios en su vida. La voluntad de Dios es siempre lo mejor para usted. Considere la siguiente oración:14

Pedí fuerza, para tener éxito.
Me debilitó, para que pudiera obedecer.

Pedí salud, para poder hacer grandes cosas.
Me fue dada la gracia, para poder hacer mejores cosas.

Pedí riquezas, para ser feliz.
Se me dio pobreza, para que pudiera ser sabio.

Pedí poder, para tener la alabanza de los hombres.
Se me dio debilidad, para sentir la necesidad de Dios.

Pedí todas las cosas, para poder disfrutar de la vida.
Se me dio la vida, para que pudiera disfrutar de todas las cosas.

No recibí nada de lo que pedí;
Todo lo que esperaba.

Mis oraciones fueron respondidas.

Una “oración sin respuesta” resultó en la mayor bendición que el mundo haya recibido. La oración fue hecha con angustia por un hombre desesperado en un jardín solitario hace 2,000 años: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa” (Mateo 26:39). Pero esta oración realmente fue respondida, porque cuando Jesús la oró, agregó: “No sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39).

Alabemos a Dios por la respuesta que dio a esa oración. Alabemos a Dios por las respuestas que todavía da a la oración.

Orando en los Tiempos del Fin

¿Cómo, pues, oraremos en estos tiempos del fin? La respuesta es fervientemente, persistentemente, específicamente y con fe. En cuanto al tema, hay dos cosas en particular por las que debemos orar. Uno es el avivamiento nacional. El otro es para quienes ocupan puestos de autoridad.

La Biblia nos insta encarecidamente a orar por nuestros funcionarios públicos (1 Timoteo 2:1–3); desde el ayuntamiento hasta el Congreso; desde los alcaldes hasta el presidente; y desde los tribunales locales hasta la Corte Suprema. La oración por los funcionarios públicos es especialmente importante porque Satanás es el “príncipe de este mundo” (Juan 12:31). Sí, fue derrotado en la Cruz, pero aún no se han actualizado todos los aspectos de su derrota. Es por eso que Juan escribió mucho después de la Cruz: “El mundo entero está bajo el maligno” (1 Juan 5:19).

Dios es quien pone a todos los líderes gubernamentales en sus posiciones de autoridad, y es quien los quita (Daniel 2:21). Pero, en el momento en que Él confía la autoridad gubernamental a cualquier persona, Satanás mueve a esa persona hacia arriba en su lista de blancos y se pone en contra de ellos, buscando que hagan concesiones y controlarlos. Por eso siempre ha habido una corrupción política generalizada y siempre la habrá. Por eso se nos exhorta a orar por nuestras autoridades gobernantes.

Orando por Avivamiento

También necesitamos orar fervientemente por un avivamiento nacional. Es posible que nuestra nación haya descendido al paganismo, pero aún existe la oportunidad de un avivamiento espiritual. El avivamiento nacional más grande registrado en la Biblia fue el que ocurrió en Judá, durante el reinado de Josías. Ocurrió después del reinado del rey más malvado de Judá, Manasés, un hombre que reinó durante 55 años, más que cualquier otro de los reyes de Judá (2 Crónicas 33:1–2).

Cuando Josías ascendió al trono a la edad de 8 años, parecía no haber esperanza para su nación. Pero la Biblia dice que cuando tenía 16 años, "comenzó a buscar al Dios de David su padre” (2 Crónicas 34:3). Purgó la tierra de los ídolos y mató a los sacerdotes de las religiones falsas. Reparó el templo, restauró la Palabra de Dios a su pueblo y se arrepintió públicamente por su nación (2 Crónicas 34:3–21).

En respuesta, Dios derramó Su Espíritu, tal como había prometido que haría muchos años antes cuando le dijo a Salomón: “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra” (2 Crónicas 7:14).

Un Llamado a la Oración

En estos tiempos del fin, oremos como nunca antes lo habíamos hecho, para que Dios levante líderes gubernamentales justos que gobiernen de acuerdo con Su Palabra, y no de acuerdo con las encuestas de opinión pública. Oremos con mayor celo para que el Señor levante líderes espirituales piadosos, para llamar a nuestra nación al arrepentimiento y guiarnos hacia un avivamiento nacional.

Ese avivamiento puede comenzar contigo, en tu corazón. Lo que debe hacer es humillarse, arrepentirse y buscar al Señor en oración por usted mismo, su familia, su iglesia, su estado y su nación.

Si Dios pudo lanzar un avivamiento nacional a través de un chico de 16 años, ¿por qué no podría hacer lo mismo a través de ti? Quizás esté pensando: “Pero Josías era un rey, y yo sólo soy un ama de casa o un simple jornalero”. Pero, si ha nacido de nuevo, entonces es hijo de un Rey, el Rey de este universo. Eso lo hace realeza espiritual, así que no subestime lo que puede lograr a través del poder del Espíritu de Dios. ¡Deje a un lado las dudas y las excusas, y ore!

Lea la parte 1 aquí

Traducido por Donald Dolmus
Ministerio En Defensa de la Fe (endefensadelafe.org)

lunes, 29 de noviembre de 2021

Libro: Viviendo para Cristo en los Tiempos del Fin – Capítulo 10 (parte 1 de 2)

    Persistir en la Oración

Por Dr. David R. Reagan

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Una de las armas espirituales más grandes que deberíamos usar en estos tiempos del fin es la oración, pero es una que rara vez usamos. Es un viejo problema. En Jacobo 4:2 encontramos estas palabras: “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís”.

Déjeme hacerle una pregunta: si dejara de orar, ¿afectaría radicalmente su vida? ¿O esa pregunta es una que no puede responder porque es como esa vieja pregunta con trampa: “¿Ha dejado de golpear a su esposa?”. En otras palabras, ¿es posible que usted sea uno de esos cristianos que no puede dejar de orar porque nunca ha comenzado realmente?1

Por otro lado, ¿es usted uno de esos cristianos que ora regularmente por un sentido del hábito o del deber — pero que duda seriamente del poder de la oración porque nunca ha sentido su efecto en su vida?

Nuevamente, pregunto: si dejara de orar, ¿afectaría radicalmente su vida?

Una Era de Incredulidad

Tal vez usted sea uno de esos cristianos a los que realmente les gustaría orar, pero ha sido víctima del concepto moderno y “sofisticado” de que la oración es simplemente un ejercicio psicológico de autoayuda y — por lo tanto, lo desanima el concepto de participar en una farsa — al, de hecho, orarse a sí mismo.

No hay duda de que vivimos en una época que no cree en la oración. El mundo se burla de la idea misma de la oración. ¿Cuántos programas de televisión o películas has visto en los que, en medio de una gran crisis, los personajes recurren a la oración? No, recurren normalmente a las armas.

La gran tragedia es que los cristianos han quedado atrapados en la filosofía de nuestra época, una filosofía que ha entronizado a la ciencia como dios. Por todos lados se nos enseña que vivimos en un universo impersonal, un mundo que es una gran máquina despiadada que obedece leyes implacables. En medio de todo esto, los pequeños humanos no somos más que pigmeos transitorios.

El resultado es que tenemos un dios vacío — un dios que no tiene corazón ni compasión, porque la ciencia no puede sentir, reír ni mostrar misericordia. La ciencia sólo puede analizar, medir, diseccionar, pesar y especular. Entonces, sentimos una sensación de falta de sentido; una pérdida de significado; una erosión de la esperanza; una falta de poder.

Rituales Sin Sentido

Oh, muchos de nosotros, que nos llamamos cristianos, pasamos por los movimientos de la oración. Pero nuestras oraciones son a menudo poco frecuentes, vagas e incrédulas. La mayoría de nosotros hacemos oraciones que un dios de piedra podría responder:

“Padre, oramos por todos aquellos por quienes tenemos el deber de orar”.

“Padre, perdónanos todos nuestros pecados no perdonados”.

Nuestras oraciones tienden a ser rituales vacíos y sin sentido. Somos como el rey del Hamlet de Shakespeare, que trató de orar por el perdón de su pecado de asesinato para purgar su sentimiento de culpa. Su oración fue ineficaz. Como él dijo, “Ni siquiera llegó al techo”.

Cuando el rey analizó su problema, Shakespeare puso en su boca palabras de sabiduría que son tan profundas como cualquiera que el simple hombre haya escrito sobre la oración: “Mis palabras vuelan; mis pensamientos permanecen abajo. Las palabras sin pensamientos nunca van al cielo”.2

Como este rey, a menudo somos culpables de orar sin sentido. Considere, por ejemplo, las oraciones que cantamos como canciones, pero que no queremos decir en absoluto. De hecho, nos horrorizaríamos si el Señor les respondiera. Un buen ejemplo se encuentra en la popular canción de oración, “Toma mi vida y déjala ser”.3 Uno de los versos comienza con esta súplica: “Toma mi plata y mi oro, ni una pizca retendré”.

Incluso cuando ocasionalmente oramos con honestidad, fervor y específicamente por algo, la mayoría de nosotros oramos con poca o ninguna expectativa de realización. La prueba de esto es que, cuando nuestras oraciones son respondidas, o reaccionamos con asombro, o bien reaccionamos con burda incredulidad, atribuyendo la respuesta a alguna causa o proceso natural — como la suerte.

¿Un Dios Impotente?

Existe un problema muy especial con la oración que existe en toda la cristiandad. A muchos cristianos se les ha enseñado en un momento u otro que, aunque Dios una vez obró de manera maravillosa, directa e incluso milagrosa en respuesta a la oración para ordenar los eventos del hombre, ya no lo hace. Dios es diferente ahora, porque al final del primer siglo puso el universo bajo la operación de ciertas leyes inmutables de la naturaleza y, por lo tanto, los milagros ya no son posibles. La era de lo sobrenatural ha pasado para siempre. Dios ahora está limitado en lo que puede hacer.

Conozco bien esta actitud porque crecí con ella y porque todavía la encuentro todo el tiempo. En la iglesia de mi infancia, si se les pedía a los ancianos que oraran por una persona que estaba enferma, siempre oraban: “Señor, por favor ayuda a los médicos a diagnosticar este problema correctamente y, por favor, ayúdalos a recordar cómo tratarlo correctamente”. Si hubieran orado, “Señor, estamos preocupados por esta persona, por favor sánalo”, ¡habría habido varios infartos en la congregación porque se había usado la palabra “sanar”! Simplemente no creíamos en la sanidad sobrenatural.

¡Qué clase de herejía es todo esto! Puedo pensar en algunos conceptos menos bíblicos. ¿Cómo puedes creer en un Dios que se retiró en el primer siglo cuando la Palabra dice que Él es “el mismo ayer y hoy, sí y por los siglos” (Hebreos 13:8)?

¡No es de extrañar que las oraciones de tantos cristianos carezcan de poder! Como los deístas de antaño, han negado, en efecto, que Dios todavía tenga algún interés personal e íntimo en Su creación. Niegan lo sobrenatural y lo milagroso — y muchos incluso niegan la realidad del Espíritu Santo como la presencia sobrenatural de Dios en el mundo de hoy.

En el proceso, niegan el poder de la oración, porque les pregunto: ¿Por qué orar si Dios es distante, lo sobrenatural es una farsa, la era de los milagros ha cesado y el Espíritu Santo no es más que un símbolo de Dios?

¡Un Dios que Nunca Cambia!

Amigos míos, debemos despertar al hecho bíblico de que Dios sigue siendo el mismo hoy que en los tiempos bíblicos. No ha cambiado. En Malaquías 3:6 Él dice: “Yo, el Señor, no cambio”.

Necesitamos despertar al hecho de que el poder de Dios no es limitado. Necesitamos creer en el hecho de que Dios todavía está intensamente interesado en cada pequeño detalle de Su creación. Además, debemos entender que Dios todavía tiene el control de la historia. En resumen, Dios todavía está en el trono, todavía escucha las oraciones y todavía realiza milagros.

¡Qué tontería es cuando los cristianos niegan lo sobrenatural y la posibilidad de milagros y luego inclinan la cabeza y oran! Les digo, si la era de los milagros ha cesado, entonces la oración es una farsa. Porque, ¿cómo puede Dios escucharnos en oración si no ocurre algo milagroso? ¡Después de todo, usted y yo no somos transmisores de radio!

El poder de Dios es ilimitado, sin embargo, usted y yo, tan débiles, frágiles y tontos como somos, tenemos el poder de limitar la acción de Dios en nuestras propias vidas a través de nuestra incredulidad. No tenemos porque no pedimos, y cuando pedimos, no pedimos con fe.

El Ejemplo de Jesús

En Lucas 11:1 se nos dice que los discípulos de Jesús le pidieron que les enseñara a orar. ¿Alguna vez se ha detenido a pensar en el significado de esa solicitud?

No tenemos registro de que los discípulos le pidieran a Jesús que les enseñara cómo enseñar, predicar o interpretar las Escrituras. Pero se le acercaron y le dijeron: “Señor, enséñanos a orar”. ¿Por qué?

Creo que fue porque habían concluido en sus observaciones de Jesús que Su notable poder estaba relacionado con Su vida de oración. Creo que vieron que para Jesús la oración era una necesidad. Era más que una práctica ocasional de Su parte, era un hábito de toda la vida.

De hecho, era una actitud de Su mente y Su corazón. Era una atmósfera en la que vivía. Él literalmente “oraba sin cesar” — como el apóstol Pablo nos instó a hacer (1 Tesalonicenses 5:17).

Jesús oró mientras sanaba a los enfermos. Oró mientras alimentaba a los hambrientos. Oró mientras resucitaba a los muertos. Oró por Sus discípulos. Oró por sí mismo. Y oró por nosotros — por usted y por mí — en la última cena cuando oró para que todos los que pudieran creer en él fueran uno (Juan 17).

La vida del hombre más grande que jamás haya vivido fue una vida de oración. Oró porque creyó lo que predicó cuando dijo: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo” (Juan 5:19). También dijo: “El Padre que mora en mí, hace las obras” (Juan 14:10). Jesús tenía un sentido de necesidad consciente y constante, y de ese sentido surgió una actitud continua de oración.

Nuestra Autosuficiencia

Por el contrario, ¡cuán diferentes son nuestras actitudes! Nuestro problema es que tenemos una actitud tan inexplicable de autosuficiencia. Por lo tanto, tendemos a pensar en la oración como una medida de emergencia, algo a lo que recurrir cuando todos nuestros propios esfuerzos han fallado.

Pero, como ve, el secreto de la vida de Jesús es que nunca pensó en manejar las cosas por su cuenta. Nunca se dijo a sí mismo: “Sólo confiaré en mi entrenamiento, mi experiencia, mi conocimiento o la habilidad natural con la que nací”. No, dijo: “No puedo yo hacer nada por mí mismo” (Juan 5:30).

Esa actitud debería darnos una pista de por qué tantos de nosotros tenemos una vida de oración mediocre. Piense por un momento en el momento en que vino a Cristo. Piense cómo lo hizo. Si lo hacía con sinceridad y convicción, tenía que hacerlo con la actitud de un niño pequeño. Tenía que ser un momento de humillación en el que dejaba a un lado todo su orgullo — toda su ventaja, toda su riqueza y toda su influencia. Sólo podía venir con la humildad de un niño.

Ése es el “estigma” de la oración. Porque ya ve, cada vez que ora a Dios con honestidad y sinceridad, está admitiendo su necesidad de Él. Está admitiendo que no puede manejar la situación. Está confesando que no tiene el apalancamiento adecuado para hacer frente al problema. No nos gusta hacer eso porque hiere nuestro tonto orgullo.

Aplicar la Oración a Todo

Otra cosa que podemos aprender de la vida de oración de Jesús es que Él consideró que valía la pena orar por todo en la vida. No guardó la oración sólo para los “grandes” problemas de la vida — para las emergencias. Como Jesús, usted y yo debemos aplicar la oración a todos los aspectos de nuestra vida:

A la llamada telefónica que estamos haciendo

A la carta que estamos escribiendo

A las vacaciones que estamos planeando

Al informe escolar que estamos preparando

Al juego que estamos jugando

Sí, incluso a la habitación que estamos limpiando.

Carl Sandburg lo resumió maravillosamente en su poema, “Lavandera”:4

La lavandera es miembro del Ejército de Salvación.

Y sobre la tina de espuma frotando la ropa interior limpia,

Ella canta que Jesús lavará sus pecados

Y los agravios rojos que ella ha hecho a Dios y al hombre,

Será blanca como la nieve.

Frotando la ropa interior, canta sobre el Último Gran Día de Lavado.

La lavandera en este poema es un buen ejemplo del mandato bíblico de que debemos “orar sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:17). Vivir en actitud de oración es algo que debemos aprender a practicar momento a momento en estos tiempos del fin.

Orar con Confianza

Otra cosa que caracterizó la vida de oración de Jesús es que oró con confianza. Considere, por ejemplo, Su oración en la tumba de Lázaro (Juan 11:41–42):5

Padre, gracias por escucharme. (Siempre me escuchas, por supuesto, pero lo dije por todas estas personas que están aquí, para que crean que me enviaste). Luego gritó: “¡Lázaro, sal!”.

¡Qué maravillosa oración! Jesús agradeció a Dios de antemano por escuchar y responder a su oración. Eso es verdaderamente orar con confianza.

La tragedia es que, aunque se supone que Jesús es nuestro ejemplo perfecto en todas las cosas, a menudo respondemos a ejemplos como este encogiéndonos de hombros y diciendo: “Bueno, tenía algún tipo de canal muy especial hacia Dios”. Descartamos Su humanidad y pasamos por alto docenas de otros ejemplos bíblicos de confianza en la oración por parte de personas aparte de nuestro Señor.

Tomemos a Abraham, por ejemplo. Él oró a Dios para que perdonara a Sodoma y Gomorra si se podían encontrar 50 personas justas, y Dios estuvo de acuerdo. Cuando Abraham encontró que el Señor estaba tan dispuesto a ceder, decidió entablar una negociación bastante audaz. “¿Qué hay de 45?”, preguntó. “Seguramente no destruirás las ciudades por la falta de cinco personas”. Una vez más, el Señor estuvo de acuerdo. Entonces, Abraham presionó la gracia del Señor. Oró de nuevo por 30, y luego 20, y finalmente, 10. Cada vez, Dios en Su gracia estuvo de acuerdo con la petición de Abraham (Génesis 18:20–33). Fue un notable ejercicio de oración audaz, si no atrevida.

O considere al rey Ezequías, el rey más grande en la historia de Judá. Cuando se enfermó gravemente, Isaías se acercó a él y le dijo que pusiera su casa en orden porque era la voluntad de Dios que muriera. Ezequías respondió clamando intensamente a Dios en oración, pidiéndole que cambiara de opinión. Le recordó al Señor su gobierno piadoso y le pidió al Señor que lo sanara. Dios respondió misericordiosamente otorgándole 15 años más de vida (Isaías 38:1–5).

La Relevancia de los Ejemplos Bíblicos

Nuevamente, tendemos a responder a estos ejemplos como si fueran irrelevantes para nosotros. “Después de todo”, pensamos, “Abraham y Ezequías eran hombres santos que tenían un favor especial a los ojos de Dios. Tenían números especiales directamente al trono de Dios. ¿Quién soy yo en contraste?

La Biblia responde a esa pregunta si es cristiano. Dice que “la oración eficaz del justo puede lograr mucho” (Jacobo 5:16). Puede estar pensando, “pero no soy tan justo”, y tiene razón. Pero si es cristiano, has sido revestido con la justicia de Jesús (Romanos 5:17–19). Además, Él sirve como su Sumo Sacerdote ante el trono de Dios, intercediendo en su favor (Hebreos 8:12).

Las Oraciones de los Injustos

A veces, Dios responde de manera notable incluso a las oraciones de los injustos. No promete escuchar sus oraciones, en el sentido de que las responderá, pero a veces lo hace en Su gracia y misericordia.

Un ejemplo clásico se puede encontrar en la vida de uno de los hombres más malvados que jamás haya ocupado el trono de Israel — el rey Acab. En 1 Reyes 16:33 el escritor dice que “Acab hizo más para provocar al Señor Dios de Israel que todos los reyes de Israel que fueron antes de él”.

El profeta Elías fue enviado por Dios para confrontar a Acab con un mensaje de juicio. Elías le dijo que perdería su trono y su vida y que los perros lamerían su sangre en las calles (1 Reyes 21:17–19). Sorprendentemente, este hombre malvado no respondió al mensaje de Elías maldiciendo a Dios. En cambio, se rasgó la ropa y se vistió de cilicio en señal de arrepentimiento. Luego ayunó y se humilló ante Dios, orando por misericordia (1 Reyes 21:27).

El Señor estaba tan conmovido por las acciones de Acab que le envió a Elías de regreso con un mensaje de misericordia. Elías recibió instrucciones de decirle a Acab que, debido a que se había humillado ante el Señor, el mal que Dios había planeado para sus días se retrasaría hasta los días de sus hijos (1 Reyes 21:28–29).

Ahora, tenga en cuenta que Acab no era un hombre de Dios. Su arrepentimiento no duró. Era un hombre completamente malvado cuyo remordimiento duró sólo un momento. Pero de ese momento surgió una oración ferviente que Dios reconoció en su misericordia.

Traducido por Donald Dolmus
Ministerio En Defensa de la Fe (endefensadelafe.org)

viernes, 26 de noviembre de 2021

Libro: Viviendo para Cristo en los Tiempos del Fin – Capítulo 9 (pdf)

Defender la Justicia

Por Dr. David R. Reagan

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««...Dios no nos ha llamado a ganar las batallas, sino que nos ha llamado a tomar una posición. La victoria no vendrá hasta que Jesús regrese. Pero mientras tanto, no debemos quedarnos de brazos cruzados y permitir que el mal se multiplique.

Dios nos está llamando a defender la justicia en medio de una sociedad que se ha vuelto tan malvada que ha olvidado cómo sonrojarse. Hay tres cosas que cada uno de nosotros debe hacer para defender la justicia»».

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