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lunes, 29 de diciembre de 2025

Todo Tiene un Significado

Brock y Bodie Thoene



¿Por Qué María?

A los seis meses, Dios envió al ángel Gabriel a Nazaret, pueblo de Galilea, a visitar a una joven virgen comprometida para casarse con un hombre que se llamaba José, descendiente de David. La virgen se llamaba María” (Lucas 1:26-27, NVI).

Cuando se enfrentó a palabras transformadoras de un mensajero angelical, la respuesta de María no fue sólo creer de inmediato, sino actuar. ¡Viajó a ver a Isabel, que estaba embarazada!

María, cuyo nombre significa “amarga rebelión”, llevaría en su vientre al Hijo prometido de Dios. Pero, a diferencia de Eva, María no era una rebelde. El Señor la favoreció más que a todas las mujeres. Él había examinado su corazón, no encontró amargura allí, y la declaró digna. Su humilde aceptación de su papel en el plan eterno de Dios mostró una fe como la de Abraham.

Cuando el ángel se le apareció a María, le trajo un mensaje de Dios. Gracias a su fe, recibió la Palabra en su espíritu. Luego, nueve meses después, esa Palabra Eterna Hecha Carne habitó entre nosotros. ¡Qué milagro!

Ese milagro continúa hoy. Recibir la Palabra de Dios en tu espíritu y creer en el poder del Espíritu Santo resulta en tener la Palabra de Dios presente y viva en ti.

¿Por Qué José?

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta: ‘La virgen concebirá y dará a luz un hijo y lo llamarán Emanuel’ (que significa ‘Dios con nosotros’) (Mateo 1:22-23).

María y José eran descendientes de David, pero a través de distintos antepasados. El antepasado de José, el rey Jeconías, fue maldecido por alejarse del Señor y, por lo tanto, el Mesías no podía venir de su linaje. El linaje de María, descendiente de David, permaneció bendecido. Así que cada uno jugó un papel diferente en la redención. María traería al Redentor. José estaba entre aquellos en el linaje de David que serían redimidos. 

José—tan ordinario, pero dotado de humildad y fe—desempeñaría un papel fundamental no sólo para su generación, ¡sino para todas las generaciones futuras, en todo el mundo y por toda la eternidad! Su vida es prueba de que Dios utiliza personas ordinarias para llevar a cabo Sus planes.

¿Por Qué Belén?

Como un pastor, apacentará su rebaño; con su brazo lo reunirá. A los corderitos llevará en su seno” (Isaías 40:11).

Pregunta a cualquiera que celebre la Navidad dónde nació el Niño Jesús, y la mayoría dirá Belén. Los villancicos recuerdan su fama. Muchos también podrían explicar por qué se eligió la polvorienta e insignificante Belén para un acontecimiento tan importante. En hebreo, Belén significa “Casa del Pan”. Se profetizó que el Mesías, “el Pan enviado desde el cielo para alimentar las almas de la humanidad”, sería descendiente del rey David. También nacería en la misma ciudad donde nació David, el rey pastor de Israel: Belén.

Pero tú, Belén Efrata, pequeña entre los clanes de Judá, de ti saldrá el que gobernará a Israel; sus orígenes son de un pasado distante, desde tiempos antiguos” (Miqueas 5:2).

Juan el Bautista llamó a Jesús no sólo el “Hijo de Dios” (Juan 1:34) sino también el “Cordero de Dios” (Juan 1:36).

El Primogénito Cordero de Dios sacrificaría Su Vida para expiar los pecados de todos—un sacrificio perfecto y único, ofrecido por el mismo Dios Padre.

¿Dónde más tendría que nacer “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29) sino en Belén, entre los sagrados rebaños del Templo?

Nota: Este artículo fue tomado con permiso del libro de Brock y Bodie Thoene, ¿Por Qué Un Pesebre? Los Thoene son un talentoso matrimonio de escritores, conocidos por su ficción histórica, con precisión bíblica. El título de este artículo cita una afirmación frecuentemente mencionada por los Thoene sobre la belleza y el alcance de la Palabra de Dios: “Todo tiene un significado”.


Traducido por Donald Dolmus
Ministerio En Defensa de la Fe (endefensadelafe.org)

Original article:

Recurso recomendado:


Libro: JESÚS - El Cordero y el León

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martes, 23 de diciembre de 2025

Las Promesas Olvidadas de Navidad


La Iglesia de la Natividad, en Belén. Esta iglesia está ubicada en el sitio tradicional del nacimiento de Jesús. 
 

Mientras celebramos el nacimiento de Jesús este año durante la temporada de Navidad, acordémonos de las promesas que fueron hechas a María cuando fue visitada por el Ángel Gabriel:

Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, 
y llamarás Su nombre Jesús. 
Éste será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; 
y el Señor Dios le dará el trono de David Su padre; 
y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, 
y Su reino no tendrá fin. 
— Lucas 1:31-33

Siete Promesas Gloriosas

Esta magnífica declaración contiene siete promesas. Cuatro de ellas se relacionan con la Primera Venida del Señor:

1. María concebiría un hijo.
2. María daría a luz un hijo.
3. El hijo sería grande
4. El hijo sería llamado “el Hijo de Dios”.

Todas estas cuatro profecías se cumplieron en la vida de Jesús.

María concibió (Mateo 1:18-20) y tuvo un hijo (Mateo 1:25). Su nombre fue llamado Jesús (Mateo 1:21). Él fue grande (Lucas 7:16) y fue llamado el Hijo de Dios (Mateo 16:16, 27:54; Marcos 1:1).

Las tres últimas promesas que Gabriel hizo a María no se han cumplido. Se relacionan con la Segunda Venida de Jesús:

5. Le será dado el trono de David.
6. Reinará sobre la casa de Jacob.
7. Su reino no tendrá fin.

Yo llamo a estas promesas, las “promesas olvidadas” de Navidad, porque no son enseñadas por la mayoría de las iglesias en la Cristiandad hoy en día. Eso es debido a que la mayoría de las iglesias toman la postura de que Jesús nunca regresará a esta tierra a reinar. Esto es llamado el punto de vista Amilenial.

Promesas Espiritualizadas

El enfoque Amilenial está basado en la suposición de que la Biblia no significa lo que dice. Para confirmar el punto de vista, sus proponentes se ven obligados a espiritualizar la Escritura.

De esta forma, en su interpretación de las tres últimas promesas hechas a María por Gabriel, convierten el trono de David en el trono de Dios y la casa de Jacob se convierte en la Iglesia. Concluyen entonces que las promesas han sido cumplidas en el reinado actual de Jesús desde el trono de Su Padre sobre Su Iglesia.

El Trono de David

No hay duda de que Jesús está reinando actualmente desde el trono de Su Padre sobre Su reino, la Iglesia. Pero identificar ese reino con el reino prometido a María requiere un gran salto de la imaginación.

El “trono de David” no es el trono de Dios. El trono de Dios está en el Cielo. El trono de David está en Jerusalén (Salmo 122:5).

"La Anunciación de Gabriel a María", por Philippe de Champaigne, 1644.

Jesús mismo distingue claramente entre el trono de Dios y Su propio trono en Apocalipsis 3:21. En ese verso, Jesús dice que algún día les permitirá a los creyentes sentarse con Él en Su trono así como Su Padre actualmente le está permitiendo compartir Su trono.

Jesús no está en el trono de David hoy en día. Está sentado a la diestra de Su Padre, en el trono de Su Padre. Él ocupará el trono de David cuando regrese a la tierra para reinar desde el Monte Sión en Jerusalén (Isaías 24:21-23).

La Casa de Jacob

La “casa de Jacob” no es la Iglesia. Éste es un término del Antiguo Testamento para los hijos de Israel (Éxodo 19:3). La Iglesia nunca es mencionada en la Escritura como la casa de Jacob.

La Biblia enseña que un remanente de los judíos un día aceptará a Jesús como su Mesías (Zacarías 12:10; Romanos 9:27 y Romanos 11:25-26). Esto ocurrirá al final de siete años de sufrimiento terrible llamado la Tribulación o “el tiempo de angustia de Jacob” (Jeremías 30:7).

Esta estrella de plata en el sótano de la Iglesia de la Natividad supuestamente marca el lugar donde Jesús nació.

Cuando Jesús regrese al final de ese tiempo de sufrimiento, el remanente judío será reunido en la tierra de Israel y será hecha la nación más importante del mundo (Ezequiel 37:11-28 y Zacarías 8:22-23). Jesús reinará entonces sobre la casa de Jacob.

El Reino Eterno

El reino de la Iglesia actual no es un reino eterno. El reino de la Era de la Iglesia finalizará con el Rapto de la Iglesia.

El reino de la Iglesia será seguido por el reino Milenial cuando Jesús reinará sobre toda la tierra desde el Monte Sión en Jerusalén (Isaías 2:1-4). Ese reino durará mil años (Apocalipsis 20:1-7).

El reino final y eterno de Cristo será establecido en una tierra nueva y perfeccionada (1 Corintios 15:24 y Apocalipsis 21:1-8).

Creyendo a la Palabra de Dios

¿Por qué no podemos aceptar que las promesas hechas a María significan lo que dicen? Las primeras cuatro significaron exactamente lo que dijeron. ¿Por qué deben espiritualizarse las últimas tres? La única razón para espiritualizarlas es para forzarlas a conformarse a alguna doctrina preconcebida.

Creo que Dios sabe cómo comunicarse. Si Dios hubiera tenido la intención de prometerle a María que su Hijo reinaría desde el Cielo sobre la Iglesia para siempre, Él lo hubiera dicho así. En cambio, Él le reafirmó la promesa que había hecho muchas veces por medio de los profetas del Antiguo Testamento que Su Hijo reinaría desde el trono de David en Jerusalén sobre Israel y que le sería dado un reino que duraría para siempre (Isaías 9:6-7 y Ezequiel 37:21-28).

Si las promesas que Dios les hizo a los judíos no significaron lo que dijeron, entonces, ¿cómo podemos estar seguros de que Sus promesas a la Iglesia significan lo que dicen? Yo creo que cuando Dios dice algo, lo dice en serio.

"Su Nombre Será Llamado Admirable", por Simon Dewey.

Una Esperanza de Navidad

Durante esta temporada de Navidad, voy a alabar a Dios por enviar a Su Hijo a morir por mis pecados.

También voy a orar para que Dios envíe pronto a Su Hijo de nuevo, para cumplir las “promesas olvidadas” que Gabriel hizo a María. Le doy gracias a Dios porque Él nunca olvida una promesa.

Traducido por Donald Dolmus
Ministerio En Defensa de la Fe (endefensadelafe.org)

Original article:

Recurso recomendado:


Libro: JESÚS - El Cordero y el León

jueves, 11 de diciembre de 2025

El Carácter Justo del Rey

Por Dr. Nathan E. Jones


A medida que la temporada navideña nos envuelve suavemente, como si fuera una manta cálida, fresca y fragante recién salida de la secadora, ningún servicio religioso se sentiría completo sin la lectura de este maravilloso pasaje navideño:

Porque un Niño nos ha nacido, un Hijo nos ha sido dado, y la soberanía reposará sobre Sus hombros. Y se llamará Su nombre Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz. 

El aumento de Su soberanía y de la paz no tendrán fin sobre el trono de David y sobre su reino, para afianzarlo y sostenerlo con el derecho y la justicia desde entonces y para siempre. El celo del Señor de los ejércitos hará esto (Isaías 9:6-7).

A lo largo de los siglos, muchos han atribuido la profecía de Isaías sobre el nacimiento del Mesías a la llegada de Cristo instaurando un reino eclesiástico: la Era de la Iglesia. Pero, en realidad, este pasaje apunta mucho más adelante en el tiempo, al advenimiento de un reino aún mayor: el Reino Milenial.

Mientras estamos viviendo en esta Era de la Iglesia, nos encontramos sufriendo en un mundo lleno de miedo, violencia y conflictos. La paz interminable prometida por el profeta sigue siendo estacional y pasajera. En contraste, Isaías estaba revelando un Rey y un Reino que acabarían con todos estos vicios. Profetizó lo que nuestros corazones han deseado durante tanto tiempo: que la paz de la Navidad duraría todo el año.

Conquistador de los Tres Tiranos

Si un reino refleja el carácter de quien lo gobierna, entonces este venidero reino de Cristo ciertamente emula la divinidad de su Rey Mesiánico. Y el libro de Isaías hace justicia especialmente al describir el carácter justo de su monarca. 

En el pasaje de Isaías, el Hijo de Dios es identificado como la máxima autoridad sobre todo gobierno durante Su reinado. Él dirigirá palabras maravillosas y consoladoras a Sus súbditos. Mientras el Hijo gobierna con justicia desde el trono de David, Su asombroso poder garantizará un régimen pacífico.

Lograr una paz mundial tan universal presupone un reconocimiento universal de Dios y una sumisión voluntaria a Su juicio. Y, para aquellos que elijan desobedecer Su ley moral, Cristo traerá un juicio rápido, pero todo con perfecta justicia, pues Él gobernará con gran celo y atención sobre Su reino.

Al comentar sobre Isaías 9, Martín Lutero concluyó que, cuando la justicia define tal reino, naturalmente conquistará lo que él denominó los Tres Tiranos: (1) el pecado, (2) la muerte y (3) el Diablo. Lutero explicó: “El dominio del pecado está roto. El yugo de la muerte está destruido. La ley que condena ha sido sometida”.

Estandarte del Todo Armonioso

Aprendemos mucho más sobre el carácter justo del Rey y del reino al leer Isaías 11:

Entonces un retoño brotará del tronco de Isaí, y un vástago dará fruto de sus raíces. Y reposará sobre Él el Espíritu del Señor, Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de poder, Espíritu de conocimiento y de temor del Señor. Él se deleitará en el temor del Señor, y no juzgará por lo que vean Sus ojos, ni sentenciará por lo que oigan Sus oídos; sino que juzgará al pobre con justicia, y fallará con equidad por los afligidos de la tierra. Herirá la tierra con la vara de Su boca, y con el soplo de Sus labios matará al impío. La justicia será ceñidor de Sus lomos, y la fidelidad ceñidor de Su cintura. 

Acontecerá en aquel día que las naciones acudirán a la raíz de Isaí, que estará puesta como estandarte para los pueblos, y será gloriosa Su morada (1-5, 10).

En este pasaje, el gobernante justo se describe de manera desconcertante tanto como “un retoño del tronco de Isaí” como “una Raíz de Isaí”. ¿Cómo puede el Rey ser al mismo tiempo progenitor y descendiente? Para encontrar la respuesta, recurrimos al significado mesiánico implícito en la descripción de Isaías. El pasaje no sólo identifica a un rey individual de descendencia humana nacido de la línea del padre de David, Isaí, sino que también, en virtud de su contexto, señala que el rey también sería el antepasado de Isaí. Al presentarnos este supuesto enigma, Isaías quiso que comprendamos que este gobernante justo sólo puede ser el Rey Mesiánico profetizado, pues aunque es un hombre, también proviene de orígenes divinos y antiguos.

Al leer sobre el carácter justo del Rey en Isaías 11, el expositor Richard Brand comparó hermosamente la descripción de Isaías sobre la venida de la Santidad de Dios con “flotar levemente en la habitación con una brisa primaveral al son de la hermosa música de cuerdas de Vivaldi”. El “Retoño” poseerá tres pares específicos de estos bellos dones, que se identifican como (1) sabiduría y entendimiento, (2) el Espíritu de consejo y fortaleza, y (3) el Espíritu de conocimiento y temor del Señor. Brand explicó que, según el primer par, el Rey poseerá la perspicacia práctica necesaria para arbitrar asuntos políticos y judiciales. Según el segundo par, poseerá las cualidades para avanzar en negociaciones diplomáticas y consolidar la autoridad militar. Y, según el tercer par, confirmará la piedad del rey ideal, afirmando así su estatus como instrumento de Dios.

La sabiduría divina, el consejo divino y la justicia perfecta—¿caracterizan esto a los líderes caídos de nuestros gobiernos hoy en día? ¡Ciertamente que no! No es de extrañar que los comentaristas hayan descrito el pasaje mesiánico de Isaías como “lleno de imágenes que han moldeado la imaginación de judíos y cristianos durante siglos”. Porque, como Brand identificó tan acertadamente, “Todos nosotros viviremos juntos en un todo armonioso. Éste será el lugar donde toda la creación vive en paz”.

Defensor de la Verdad y la Justicia

Otras características definitorias del reinado del Rey Mesiánico incluyen la justicia perfecta y la verdad absoluta. Veamos nuevamente los escritos de Isaías y Miqueas. Estos dos profetas se hicieron eco mutuamente en sus profecías, declarando que el Rey servirá como legislador y juez. “Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Señor. Él juzgará entre muchos pueblos, y enjuiciará a naciones poderosas y lejanas” (Miqueas 4:1-3; véase también Isaías 2:2-4).

Acontecerá en los postreros tiempos que el monte de la casa de Jehová será colocado a la cabeza de los montes, más alto que los collados, y acudirán a él los pueblos (Miqueas 4:1)

Tanto Miqueas como Isaías compartieron una poderosa visión de un futuro que contrastará notablemente con la desagradable experiencia de la humanidad con los gobernantes fallidos de hoy. Dejan a los justos anhelando el día en que el Rey Jesús finalmente transforme este mundo caótico. El Monte Sion se convertirá en la Corte Suprema del mundo. Y el Rey Mesiánico gobernará como soberano sobre todas las naciones, porque sólo Él tendrá todo el poder legítimo para gobernar y juzgar (véase también Salmos 2; 47; 82; 95; 96; 98; 99).

Isaías exhortó a sus lectores a “Contempla a Sion, ciudad de nuestras fiestas señaladas. Tus ojos verán a Jerusalén, morada de quietud… Porque allí, el Majestuoso, el Señor, será para nosotros… Porque el Señor es nuestro juez, el Señor es nuestro legislador, el Señor es nuestro rey; Él nos salvará” (Isaías 33:20-22). 

Un juez generalmente se percibe como alguien que trae condena a los culpables. En cambio, durante el Reino Milenial, la presencia de Cristo será bienvenida como Salvador. Isaías también proclamó la incansable pasión por la justicia del Rey Mesiánico: “Con fidelidad traerá justicia. No se desanimará ni desfallecerá hasta que haya establecido en la tierra la justicia. Las islas esperarán Su ley” (Isaías 42:3-4).

Jesús recitó este pasaje a las multitudes a las que enseñaba en Mateo 12 (ver versículos 18-21). Lo hizo para revelarse como este Legislador divino profetizado. Podemos extraer tres reflexiones principales de las enseñanzas de Cristo en Mateo 12: (1) Sus milagros compasivos, (2) Su silencio impuesto sobre los sanados y (3) Su alejamiento de los fariseos que conspiraban.

Jesús modeló la justicia temperada con gentileza y moderación, con una actitud hacia los débiles y vulnerables, y lo hizo de una manera extraordinariamente misericordiosa, tierna e imparcial. La vida de Cristo estaba destinada a proporcionarnos un modelo de cómo serán realmente nuestras vidas una vez que vivamos en la verdad y la justicia, como lo haremos durante el Reino Milenial.

Digno Siervo de las Cortes Exaltadas 

Isaías también señaló que aquellos que algún día estarán en el tribunal milenial del Señor mostrarán el mismo asombro reverente que quienes una vez estuvieron ante las exaltadas cortes del Rey Salomón: “He aquí, mi siervo actuará con prudencia; será enaltecido, levantado y en gran manera exaltado… Los reyes cerrarán la boca ante Él” (Isaías 52:13, 15). Como acertadamente señaló el traductor de la Biblia Wycliffe Kenneth Litwak, “La exaltación del Siervo no tiene precedentes”.

Así asombrará él a muchas naciones. Los reyes cerrarán ante él la boca, porque verán lo que nunca les fue contado y entenderán lo que jamás habían oído (Isaías 52.15).

Isaías 52 no sólo profetiza el regreso del remanente de Judá a casa algún día desde el cautiverio babilónico bajo Ciro; en cambio, Dios tenía en mente algo mucho mayor: una liberación definitiva del Señor, que Él llevará a cabo a través del misterioso personaje conocido únicamente como “Mi Siervo”. El sufrimiento de Mi Siervo lo había hecho digno de tan gran exaltación; una gloria reservada sólo para Dios.

Recuerda que, durante el ministerio terrenal de Jesucristo, se le consideraba poco atractivo, débil y un marginado. Aparte de su entrada a Jerusalén el Domingo de Ramos, Jesús rara vez recibió la exaltación que merecía por parte de las multitudes.

Y, sin embargo, debido a las acciones desinteresadas de Mi Siervo al traer la salvación a la humanidad, los ciudadanos del Reino Milenial equipararán a Cristo como verdaderamente digno de recibir la misma gloria que el Dios del universo. Aquellos que comparezcan ante las cortes del Siervo quedarán boquiabiertos y maravillados ante esta transformación. Nosotros también nos quedaremos con la boca abierta, asombrados por la justicia misericordiosa y divina de Cristo, y lo exaltaremos con toda la alabanza que corresponde a un Señor tan justo.

Es en el Reino Milenial cuando la profecía navideña de Isaías finalmente se habrá cumplido. Las pruebas y tribulaciones de esta corrompida Era de la Iglesia habrán pasado. Allí, el mundo conocerá finalmente la rectitud, la justicia, y la paz, habiendo recibido las recompensas por nuestra esperanza. ¡Y el celo del Señor de los ejércitos lo hará realidad!

Traducido por Donald Dolmus
En Defensa de la Fe (endefensadelafe.org)

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Libro: JESÚS - El Cordero y el León

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domingo, 10 de diciembre de 2023

Revista Llamada de Medianoche – Diciembre 2023

Oren por Israel

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Temas incluidos en esta edición:

»» ¿Qué pensar sobre la relación entre judíos y árabes?
»» Manifestaciones mundiales
»» ¿Por qué Belén?
»» Oración de David para Jánuca
»» Descansen un poco

Entre otros.

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miércoles, 5 de abril de 2023

Libro: Jesús: El Cordero y el León – Capítulo 5 (parte 2 de 2)

El Nacimiento de Jesús en la Profecía

Por Dr. David R. Reagan

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Las Promesas Olvidadas de la Navidad

La mayoría de la gente parece haber olvidado que, al mismo tiempo que el ángel Gabriel le dio a María una serie de promesas con respecto a la Primera Venida del Mesías, también le reveló algunas promesas con respecto a la Segunda Venida del Mesías. Yo llamo a estas últimas promesas las “promesas olvidadas de la Navidad”. Echemos un vistazo a las promesas que Gabriel le dio a María (Lucas 1:31-33):

Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.

Siete Promesas Gloriosas

Esta magnífica declaración contiene siete promesas. Cuatro de ellas se relacionan con la Primera Venida del Señor y, por lo tanto, todas se han cumplido. María concibió y dio a luz un hijo. Su nombre fue llamado Jesús. Él fue grande, y fue llamado el Hijo de Dios.

Las últimas tres promesas que Gabriel hizo a María no se han cumplido. Se relacionan con la Segunda Venida de Jesús:

1) Se le dará el trono de David.

2) Él reinará sobre la casa de Jacob.

3) Su reino no tendrá fin.

Llamo a estas tres promesas las “promesas olvidadas” de la Navidad porque la mayoría de las iglesias de la cristiandad no las enseñan hoy. Eso es porque la mayoría de las iglesias toman la posición de que Jesús nunca regresará a esta tierra para reinar. Esto se llama el punto de vista Amilenial.

Promesas Espiritualizadas

El punto de vista amilenial se basa en la suposición de que la Biblia no quiere decir lo que dice. Para corroborar el punto de vista, sus defensores se ven obligados a espiritualizar las Escrituras. Así, en su interpretación de las promesas de Lucas 1:31-33, convierten el trono de David en el trono de Dios y la casa de Jacob se convierte en la Iglesia. Luego concluyen que las promesas se han cumplido en el reinado actual de Jesús desde el trono de Su Padre sobre Su Iglesia.

El Trono de David

No hay duda de que Jesús está reinando actualmente desde el trono de su Padre sobre Su reino, la Iglesia. Pero, identificar ese reinado con el prometido a María requiere un gran salto de la imaginación.

El “trono de David” no es el trono de Dios. El trono de Dios está en el Cielo. El trono de David está en Jerusalén (Salmo 122:5).

Jesús mismo diferencia claramente entre el trono de Dios y Su propio trono en Apocalipsis 3:21. En ese versículo, Jesús dice que un día permitirá que los creyentes se sienten con Él en Su trono, tal como Su Padre le ha permitido compartir Su trono.

Jesús no está en el trono de David hoy. Él está sentado a la diestra de Su Padre, en el trono de Su Padre. Él ocupará el trono de David cuando regrese a la tierra para reinar desde el Monte Sion en Jerusalén (Isaías 24:21-23).   

La Casa de Jacob

La “casa de Jacob” no es la Iglesia. Éste es un término del Antiguo Testamento para los hijos de Israel (Éxodo 19:3). La Iglesia nunca es referida en las Escrituras como la casa de Jacob. La Biblia enseña que un remanente de los judíos un día aceptará a Jesús como su Mesías (Zacarías 12:10; Romanos 9:27). Esto ocurrirá al final de siete años de un terrible sufrimiento llamado la Tribulación, o “el tiempo de angustia de Jacob” (Jeremías 30:7).

Cuando Jesús regrese al final de ese tiempo de sufrimiento, el remanente judío será reunido en la tierra de Israel y se convertirá en la nación más importante del mundo (Ezequiel 37:11-28; Zacarías 8: 22-23). Jesús entonces gobernará sobre la casa de Jacob.

El Reino Eterno

El reino actual de la Iglesia no es un reino eterno. El reino de la Era de la Iglesia terminará con el Rapto de la Iglesia.

El reino de la Iglesia será seguido por el reino milenial, cuando Jesús reinará sobre toda la tierra desde el Monte Sion en Jerusalén (Isaías 2:1-4). Ese reino durará mil años (Ap. 20:1-7).

El reino final y Eterno de Cristo se establecerá en una tierra nueva y perfeccionada (1 Corintios 15:24; Ap. 21:1-8).

Creyendo la Palabra de Dios

¿Por qué no podemos aceptar que las promesas hechas a María significaron lo que dijeron? Las primeras cuatro querían decir exactamente lo que dijeron. ¿Por qué deben espiritualizarse las tres últimas? La única razón para espiritualizarlas es para forzarlas a conformarse a alguna doctrina preconcebida.

Creo que Dios sabe cómo comunicarse. Si Dios hubiera tenido la intención de prometer a María que su Hijo reinaría desde el Cielo sobre la Iglesia para siempre, lo habría dicho. En cambio, Él le reafirmó la promesa que había hecho muchas veces a través de los profetas del Antiguo Testamento, de que Su Hijo reinaría desde el trono de David en Jerusalén sobre Israel, y que a Él se le daría un reino que duraría para siempre (Isaías 9:6-7; Ezequiel 37:21-28).

Si las promesas que Dios hizo a los judíos no querían decir lo que dijeron, entonces, ¿cómo podemos estar seguros de que Sus promesas a la Iglesia significan lo que dicen? Creo que Dios quiere decir lo que dice.

Un Dios de Profecía

Nuestro Dios conoce el futuro y tiene la audacia de proclamarlo (Isaías 46:10). Él también tiene el poder de asegurarse de que lo que proclama se cumpla (Isaías 46:11). Lo más importante es que Él es fiel (1 Corintios 1:9), por lo que podemos descansar en Sus promesas.

Regocijémonos de que el nacimiento en Belén de hace tanto tiempo, es una prueba positiva de que el que nació allí pronto regresará en gloria como Rey de reyes y Señor de señores (Ap. 19:16).

Lea la parte 1 aquí

Traducido por Donald Dolmus
En Defensa de la Fe (endefensadelafe.org)

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jueves, 15 de diciembre de 2022

Revista Llamada de Medianoche – Diciembre 2022

¿Por qué debía hacerse la Navidad?

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Temas incluidos en esta edición:

»» Pablo enseña acerca de la Iglesia e Israel
»» ¿Acuerdo o guerra con Líbano?
»» Israel y la oración
»» Disney se desenmascara solo
»» El poder del Cristo exaltado para la Iglesia sufriente

Entre otros.

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lunes, 21 de noviembre de 2022

Esperando a Nuestro Mesías (Parte 1 de 2)

Director y Evangelista Sénior 
Ministerio Cordero y León

He aquí, había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre era justo y piadoso; esperaba la consolación de Israel y el Espíritu Santo estaba sobre él. Lucas 2:25

En los largos y oscuros años que siguieron a la finalización del Antiguo Testamento, Israel descendió a un período de oscuridad silenciosa. Como se profetizó, parecía haber hambre por la Palabra del Señor, porque después de Malaquías no hubo más revelaciones.

El Imperio Griego se levantó y cayó, dando paso finalmente al Imperio Romano. Posicionado en la encrucijada del mundo antiguo, Israel se convirtió en un Estado sometido. Las revueltas de corta duración ofrecieron una esperanza de corta duración. Hace poco más de 2,000 años, la pesada bota de la paz romana había aplastado las esperanzas religiosas y nacionalistas de la mayoría de los judíos. Sólo los zelotes estaban listos para tomar las armas y luchar contra Roma.

Las provincias de Judea representaban una molestia constante para los jefes supremos romanos. Siempre discutiendo, y obstinadamente resistentes a abrazar a los dioses romanos, los judíos insistieron en endurecer sus cervices y adorar a su propio Dios, en lugar de seguir la corriente del gobierno romano.

Fue durante este tiempo oscuro en la historia humana — en un lugar remoto pero estratégico — que Dios envió a Su Hijo al mundo.

Todos estamos familiarizados con la historia de la Navidad, incluso si algunos de los detalles que conocemos son extrabíblicos. Gabriel se le apareció primero al padre de Juan el Bautista, Zacarías, y luego a María. José también tuvo un visitante angelical que predijo el nacimiento de Jesús.

Aparte de esos tres y la esposa de Zacarías, Elizabeth, no hay registro en las Escrituras de que el nacimiento real de Jesús haya sido predicho a nadie más.

La noche en que Jesús nació, aparecieron ángeles en el cielo sobre Belén. No vinieron a proclamar las Buenas Nuevas a los bien conectados o religiosamente orgullosos. Llegaron a “algunos pastores” — hombres en los márgenes mismos de la sociedad que dormían con su ganado en los campos por la noche. Pero, ¡oh, qué espectáculo vieron cuando una multitud de las huestes celestiales apareció sobre sus cabezas y prorrumpió en un canto de alabanza. Informados del nacimiento del Salvador, se apresuraron a Belén para ver al Bebé. Al regresar a sus rebaños, iban “glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como les había sido dicho” (Lucas 2:20).

Pero había otras dos personas que, según la Biblia, estaban anticipando al Mesías del Señor. Simeón era un anciano que aguardaba la consolación de Israel”, un título que se refería a la promesa de que el Mesías liberaría a Israel. Y Ana era una profetisa de 84 años. Viuda por muchos años, estaba en el templo día y noche, ayunando, orando y esperando en el Señor.

Lucas describe cómo estos dos judíos fieles recibieron la bendición de conocer al Niño Jesús. El Espíritu Santo le había revelado a Simeón que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo (Lucas 2:26). Ana también tenía discernimiento espiritual. Tan pronto como lo vio, reconoció a Jesús como el Ungido y dio gracias a Dios por permitirle mirar la Redención de Jerusalén.

¿Por Qué Sólo Dos?

Nos gustaría suponer que Simeón y Ana, un hombre y una mujer devotos, eran representantes de un grupo mucho más grande que estaba esperando al Mesías. Pero no creo que ése sea el caso. Sabemos que, cuando los magos llegaron a Jerusalén buscando encontrar y adorar al “Rey de los judíos”, Herodes se turbó — y toda Jerusalén junto con él.

¿Por qué se turbó el rey idumeo y por qué la ciudad se inquietó junto con él? Ciertamente no porque carecieran de señales con respecto al nacimiento de Jesús. Los principales sacerdotes y escribas que se reunieron para responder a la pregunta de Herodes dijeron correctamente que el Mesías nacería “en Belén de Judea, porque esto es lo que ha escrito el profeta” (Mateo 2:5). Las Escrituras no indican que ninguno de ellos se molestara en ir a Belén y ver por sí mismos. A diferencia de los humildes pastores que se apresuraron a ver al Niño Jesús, no pudieron molestarse en caminar las pocas millas hasta la ciudad de David, literalmente en las afueras de Jerusalén hacia el sur.

Herodes tampoco estaba interesado en ir a ver o adorar al niño Rey de los judíos. Envió a los magos visitantes en su camino y les pidió que le informaran. El supuesto deseo de Herodes de eventualmente adorar era evidentemente falso, por lo que Dios advirtió a los sabios en un sueño que no regresaran a Herodes.

No, el rey de los judíos de Idumea estaba preocupado porque el verdadero rey de los judíos —incluso cuando era un niño pequeño en Belén — representaba una gran amenaza para su reinado. Herodes hizo matar a su amada esposa Mariamna y a dos de sus propios hijos, sólo porque su paranoia lo llevó a pensar que su poder estaba en riesgo. Entonces, dada la tendencia de Herodes a arremeter contra cualquiera que pudiera socavar su derecho al trono, toda la ciudad estaba nerviosa preguntándose cómo podría reaccionar cuando los emisarios extranjeros vinieran a adorar al Mesías recién nacido.

Isaías dijo que el Mesías surgiría de la raíz de Isaí (Isaías 11:1), pero que como un “brote tierno” o una “raíz de tierra seca”, Él no tendría “aspecto hermoso ni majestuoso” (Isaías 53:2). Con respecto a la referencia a la tierra seca, la brecha de 400 años entre el Antiguo Testamento y el Nuevo refleja ese período de silencio celestial, y demuestra al menos un cumplimiento parcial de Amós 8:11-12:

He aquí que vienen días, dice el SEÑOR Dios, en los cuales enviaré hambre a la tierra; no hambre de pan ni sed de agua, sino de oír las palabras del SEÑOR. Irán errantes de mar a mar. Desde el norte hasta el oriente andarán errantes buscando palabra del SEÑOR y no la encontrarán”.

El Ungido nacido en Belén no era el poderoso rey guerrero que muchos judíos anhelaban. Querían un salvador que los liberara de la opresión romana y restaurara su primacía nacional, no un Salvador que los liberara de sus pecados y restaurara su relación con el Dios Todopoderoso. De hecho, los sacerdotes y escribas se ofendieron mucho cuando Jesús se atrevió a sugerir que serían considerados indignos, o peor aún, que la gracia de Dios se extendería a los gentiles en lugar de a ellos. Fue la referencia de Jesús a la bendición de Dios extendida a los gentiles en lugar de a los judíos lo que indignó a las personas reunidas en la sinagoga de Nazaret (Lucas 4:22-29).

Desde el momento en que nació, Jesús no fue anunciado para las masas. Según las Escrituras, sólo había seis judíos (María, José, Zacarías, Isabel, Simeón y Ana) que esperaban a Jesús con anticipación, junto con “algunos pastores”, a quienes se les informó de Su llegada. El resto de la sociedad judía parece haber estado viviendo sin discernimiento espiritual alguno.

El Patrón Consistente Durante Su Ministerio

De niño, Jesús no sólo era precoz; era diferente a cualquiera que hubiera venido antes (¡un eufemismo de todos los tiempos!). Cuando tenía sólo 12 años, los maestros de la Ley en el templo estaban “asombrados de su entendimiento y de sus respuestas” (Lucas 2:47). Después de que comenzó su ministerio público, confundió a los escribas y fariseos al enseñar como alguien con autoridad. Y aun así, la gente no lo reconoció por quién era.

Incluso los discípulos de Jesús no estaban seguros de qué hacer con Él. Multiplicar panes y peces; calmar un mar tormentoso; curar a los sordos, cojos, leprosos y ciegos; liberar a los poseídos por demonios de la esclavitud; todavía se necesitó la revelación del Padre en el cielo para que Pedro finalmente confesara: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:13-17).

Mientras tanto, las masas, aunque atraídas por los milagros de alimentación y curación, ignoraban en gran medida que Jesús era el Mesías profetizado.

Por Sus propias buenas razones, Jesús no transmitió ese hecho. La mayoría de las veces, les dijo a las personas que sanó que siguieran la Ley, pero que no le dijeran a nadie acerca de Él. Incluso habló en parábolas, para que la plenitud de Su significado fuera irreconocible para las masas que realmente no habían puesto su confianza en Él. Sus palabras y la verdad que revelaron fueron para “los que tienen ojos para ver y oídos para oír” (Mateo 13:16).

En un sentido muy real, sólo las ovejas que reconocieron Su voz lo escucharían y seguirían —entonces y ahora (Juan 10:27-28).

Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Juan 10:27-28

Para algunos de nosotros, la promesa de Su venida resuena en nuestros corazones e inspira nuestros días. Nos despertamos cada mañana con la esperanza de que Él venga ese mismo día.

En la segunda y última parte de este artículo acerca de aquellos que esperan a su Mesías, examinaremos las cuatro categorías de anticipación de los creyentes por el regreso de Cristo y reflexionaremos en qué categoría podemos caer cada uno.

Traducido por Donald Dolmus
Ministerio En Defensa de la Fe (endefensadelafe.org)

Original article: Awaiting Our Messiah 

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