Mientras esperamos el regreso del Señor, debemos “adorar al Señor con reverencia” y debemos “alegrarnos con temblor”. Lo tercero a lo que el Espíritu nos llama a hacer es: “besen al Hijo” (Sal. 2:12). Muchas traducciones modernas españolas dicen “Sométanse al Hijo” u “honrad al Hijo”. El hebreo literalmente dice, “Besar”. Supongo que se evita la traducción literal porque “Besar al Hijo” suena muy extraño.
Durante años, me pregunté qué significaban esas palabras. Consulté comentarios y encontré muchas conjeturas, pero ninguna de las respuestas me convencía del todo. Así que continué orando para que el Señor me mostrara su verdadero significado.
Un día, mientras leía el libro de Oseas, el Espíritu de repente grabó un versículo en mi corazón que me dio la respuesta que había estado buscando. El versículo se encuentra en el capítulo 13.
Al comenzar este capítulo, Oseas acaba de completar su gira de predicación por Israel en la que llamó al pueblo a arrepentirse de su idolatría. Para su horror, cuando llega de nuevo a casa, encuentra a un vecino inclinándose ante un becerro de plata, y él grita: “¡Hombres besan a los becerros!” (Os. 13:2; RVA-2015).
Cuando leí esas palabras, el Espíritu testificó a mi espíritu. Inmediatamente pensé en las palabras del salmista: “¡Besen al Hijo!”. De repente, esta extraña afirmación cobró sentido por completo para mí.
Verán, si Oseas viviera hoy y pudiera predicarnos sobre Estados Unidos, creo que diría: “He viajado por toda vuestra tierra para indagar sobre su temperamento espiritual, y os digo que, a donde quiera que voy, ¡encuentro hombres besando terneros!”.
Excepto que, sospecho, lo expresaría en español moderno: “Adondequiera que voy en este país encuentro hombres besando certificados de depósito en el banco, automóviles cromados y casas opulentas. Veo a hombres enamorados del dinero, el poder y la fama. Les digo: Tomen todo lo que el mundo les ofrece, apártenlo en un montón de chatarra y pongan a Dios primero en sus vidas. ¡Enamórense de Jesús!”.
Eso es lo que significa “¡Besen al Hijo!”. Es un llamado a entregarle tu vida a Jesús, enamorándote de Él y poniéndolo en primer lugar en tu vida, por encima de tu carrera y tu familia. Es un llamado a hacerlo el Señor de todo en tu vida: tu familia y trabajo, tus esperanzas y sueños, tus pensamientos y palabras, tu música, material de lectura, comida, bebida, recreación—¡todo!
Al hacerlo tu refugio, serás librado de la ira que ha de venir (Ro. 5:9 y 1 Ts. 5:9), y llegarás a conocer el significado completo de la última línea del Salmo 2:
¡Cuán bienaventurados son todos los que en Él se refugian!


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