jueves, 15 de junio de 2017

Libro: ¿Qué Amor es Éste? — Capítulo 4 (Parte 1)

La Sorprendente Conexión del Calvinismo con el Catolicismo

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No hay duda de que Calvino impuso sobre la Biblia ciertas interpretaciones erróneas provenientes de su trasfondo católico romano. Muchos líderes calvinistas concuerdan que los escritos de Agustín fueron el origen real de la mayor parte de lo que hoy en día es conocido como Calvinismo. Los calvinistas David Steele y Curtis Thomas señalan que “Las doctrinas básicas de la posición calvinista habían sido defendidas vigorosamente por Agustín contra Pelagio durante el Siglo V”.1

En su revelador libro, El Otro Lado del Calvinismo [The Other Side of Calvinism], Laurence M. Vance documenta minuciosamente que “Juan Calvino no originó las doctrinas que llevan su nombre…”.2 Para este efecto, Vance cita a numerosos calvinistas conocidos. Por ejemplo, Kenneth G. Talbot y W. Gary Crampton escriben, “El sistema de doctrina que llevan el nombre de Juan Calvino de ninguna manera fue originado por él…”.3 B. B. Warfield declaró, “El sistema de doctrina enseñado por Calvino es simplemente el Agustinianismo común a todo el cuerpo de los reformadores”.4 Así pues, la deuda que los credos provenientes de la Reforma deben a Agustín también es reconocida. Esto no es sorprendente en vista del hecho de que la mayoría de los reformadores habían sido parte de la Iglesia Católica Romana, de la cual Agustín era uno de los “santos” tenido en más alta estima. John Piper reconoce que Agustín fue la influencia principal sobre Calvino y Lutero, que siguieron reverenciándolo y a sus doctrinas incluso después de que se separaron del Catolicismo Romano.

C. H. Spurgeon admitió que “quizá el mismo Calvino lo derivó [el Calvinismo] principalmente de los escritos de Agustín”.6 Alvin L. Baker escribió, “Difícilmente existe una doctrina de Calvino que no lleve las marcas de la influencia de Agustín”.7 Por ejemplo, lo siguiente de Agustín suena como un eco reverberando a través de los escritos de Calvino:

Así como los ha designado para ser regenerados…a los cuales predestinó para la vida eterna, como el más misericordioso dador de gracia, mientras que a aquellos a los que ha predestinado a la muerte eterna, él también es el más justo otorgador de castigo.8

C. Gregg Singer dijo, “Las características principales de la teología de Calvino se encuentran en los escritos de San Agustín a tal punto que muchos teólogos consideran al Calvinismo como una forma más completamente desarrollada de Agustinianismo”.9 Tales afirmaciones son declaraciones asombrosas en vista del hecho indiscutible que, como señala Vance, la misma Iglesia Católica Romana tiene mayores derechos sobre Agustín que los calvinistas.10 Calvino mismo dijo:

Agustín es tan integral conmigo que, si deseara escribir una confesión de mi fe, lo podría hacer con toda plenitud y satisfacción de mí mismo a partir de sus escritos”.11

Agustín y el Uso de la Fuerza

Los donatistas del Siglo IV creían que la Iglesia debía ser una comunión pura de verdaderos creyentes que demostraban la verdad del Evangelio en sus vidas. Aborrecían la apostasía que había entrado a la Iglesia cuando Constantino unió el cristianismo con el paganismo con el fin de unificar al imperio. Los clérigos acomodados eran “sacerdotes malignos trabajando tomados de la mano con los reyes de la tierra, que muestran que no tienen a ningún rey más que a César”. Para los donatistas, la Iglesia era un “pequeño cuerpo de salvos rodeados por la masa no regenerada”.12 Éste es, por supuesto, el punto de vista bíblico.

Agustín, por el contrario, veía a la iglesia de su época como una mezcla de creyentes e incrédulos, en la que a la pureza y la maldad se les debía permitir existir una junta a la otra por el bien de la unidad. Él usó el poder del estado para obligar la asistencia a la iglesia (como también haría Calvino 1,200 años después): “A quienquiera que no fuera hallado dentro de la Iglesia  no se le preguntaba la razón, sino que debía ser corregido y convertido…”.13 Calvino siguió a su mentor Agustín al forzar la asistencia a la iglesia y la participación en los sacramentos por medio de amenazas (y cosas peores) contra los ciudadanos de Ginebra. Agustín “identificó a los donatistas como herejes…que podían ser sometidos a la legislación imperial [y a la fuerza] exactamente en la misma forma que otros criminales e incrédulos, incluyendo a envenenadores y paganos”.14 Frend dice de Agustín, “El averiguador y sensible joven se había convertido en el padre de la inquisición”.15

Aunque prefería la persuasión de ser posible, Agustín apoyaba usar la fuerza militar contra aquellos que se rebautizaban como creyentes después de la conversión a Cristo y para otros supuestos herejes. En su controversia con los donatistas, usando una interpretación distorsionada y anticristiana de Lucas 14:23,16 Agustín declaró:

Por lo tanto, ¿por qué no debería la Iglesia usar la fuerza para forzar a sus hijos perdidos a regresar?... El Señor mismo dijo, ‘Vayan por los caminos y vallados y fuércenlos a entrar’ Por lo tanto es el poder que la Iglesia ha recibido…a través del carácter religioso y la fe de los reyes…el instrumento por el cual aquellos que son hallados en los caminos y los vallados – es decir, en herejías y divisiones – son forzados a entrar, y que no hallen defectos al ser forzados.17

Lamentablemente, Calvino puso en efecto en Ginebra los mismos principios de castigo, coerción y muerte por los que Agustín abogó y que la Iglesia Católica Romana siguió consistentemente durante siglos. Henry H. Milman escribe: “El Agustinianismo fue elaborado en un sistema mucho más rígido e inflexible por el intelecto severo de Calvino”.18 Y él se justificó a sí mismo usando la interpretación errónea de Agustín de Lucas 14:23. ¿Cómo puede alguien que hoy aclame a Calvino como un gran exégeta, aceptar tal abuso de este pasaje?

¿Forzar? ¿No es ése el trabajo de Dios por medio de la Elección Incondicional y la Gracia Irresistible? ¿Forzar a aquellos por los que Cristo no murió y a los que Dios ha predestinado al tormento eterno? ¡Este verso refuta al Calvinismo sin importar cómo sea interpretado!


Si desea obtener más información acerca de este tema, visite nuestra sección:

Traducido por Donald Dolmus
En Defensa de la Fe (endefensadelafe.org)

1. David N. Steele and Curtis C. Thomas, The Five Points of Calvinism (Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1963), 19.
2. Laurence M. Vance, The Other Side of Calvinism (Pensacola, FL: Vance Publications, rev. ed., 1999), 37.
3. Kenneth G. Talbot and W. Gary Crampton, Calvinism, Hyper-Calvinism and Arminianism (Edmonton, AB: Still Water Revival Books, 1990), 78.
4. Benjamin B. Warfield, Calvin and Augustine, ed. Samuel G. Craig (Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1956), 22.
5. John Piper, The Legacy of Sovereign Joy: God’s Triumphant Grace in the Lives of Augustine, Luther, and Calvin (Wheaton, IL: Crossway Books, 2000), 24-25.
6. Charles Haddon Spurgeon, ed., Exposition of the Doctrine of Grace (Pasadena, CA: Pilgrim Publications, n. d.), 298.
7. Alvin L. Baker, Berkouwer’s Doctrine of Election: Balance or Imbalance? (Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1981), 25.
8. St. Augustine, A Treatment On the Soul and its Origins, Book IV, 16.
9. C. Gregg Singer, John Calvin: His Roots and Fruits (Abingdon Press, 1989), vii.
10. Vance, Other Side, 40.
11. John Calvin, “A Treatise on the Eternal Predestination of God,” in John Calvin, Calvin’s Calvinism, trans. Henry Cole (Grandville, MI: Reformed Free Publishing Association, 1987), 38; cited in Vance, Other Side, 38.
12. Leonard Verduin, The Reformers and Their Stepchildren (Sarasota, FL: Christian Hymnary Publishers, 1991), 33.
13. Petilian II.85.189; cited in W. H. C. Frend, The Rise of Christianity (Philadelphia, PA: Fortress Press, 1984), 671.
14. Frend, Rise, 671.
15. Ibid., 672.
16. F.F. Bruce, Light in the West, Vol 3 in The Spreading Flame (Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans Publishing Co, 1956), 60-61.
17. E. H. Broadbent, The Pilgrim Church (Port Colborne, ON: Gospel Folio Press, reprint 1999), 49.
18. Henry H. Milman, History of Christianity (New York: A. C. Armstrong and Son, 1886), 3:176.

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